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JOSH ORTEGA Y GASSET BRAS COMPLETAS TOMO VII (1948-1 958) SEGUNDA EDICIÓN REVISTA DE OCCIDENTE MADRID

Tomo 7- Ortega y Gasset

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Text of Tomo 7- Ortega y Gasset

JOSH ORTEGA Y GASSET

BRAS COMPLETASTOMO (1948-1 VII 958)

S E G U N D A

E D I C I N

REVISTA

DE M A D R I D

OCCIDENTE

P R I M E R A E D I C I N : 1961 S E G U N D A E D I C I N : 1964

Revista

Copyright de Madrid

by Occidente

-1964

Depsito legal: M. 3.319-1961. N. Rgtro.: 1.293-46

Impreso en Espaa por Talleres Grficos de Ediciones Castilla, S. A.. - Maestro Alonso, 23. - Madrid

ADVERTENCIA

PRELIMINAR

En la nota antepuesta al primer tomo de esta edicin de O B R A S C O M decamos entre otras cosas: Hemos tratado de seguir en estos tomos el orden cronolgico en la mayor medida posible. Al orden cronolgico rigoroso se oponan varias dificultades, puesto que muchos artculos y ensayos, publicados primeramente en peridicos y revistas; han sido incluidos despus por el autor en libros. Desprenderlos de stos sera deshacer la estructura y consistencia de los libros que son siempre los ttulos que se citan. Por otra parte, libros y artculos han sido separados en dos grupos: el primero comprende los de tema filosfico, cientfico o literario; el segundo, todos los dems. Estos quedan reservados para los tomos posteriores al VI, que, por ahora, cerrar esta recopilacin.y> Esos tomos anunciados posteriores al VI no se han publicado y, por ahora, se remite su edicin. En cambio, hemos credo oportuno ampliar esta edicin de O B R A S COMPLETAS, agregando a los citados seis volmenes otros en que se ir recogiendo la obra de Ortega, publicada por l o con carcter postumo con posterioridad a la primera edicin de estas Obras, en 1946/47. El criterio seguido en su ordenacin es el mismo enunciado en el prrafo anterior, salvo casos excepcionales que se anotarn oportunamente. En este volumen VII se incluyen obras publicadas en los aos 1948 a ipjS, y en tomos sucesivos las aparecidas ulteriormente.PLETAS, Los EDITORES.

PROSPECTO DEL INSTITUTODE

HUMANIDADES

Publicado en 1948, como anuncio de las actividades del Instituto.

SENTIDO D E L A S NUEVAS HUMANIDADES

A palabra humanidad humanitas, probablemente un invento verbal de Cicern, signific primero aproximadamente lo que en el siglo x i x se deca con los vocablos civilizacin o cultura, por tanto, un cierto sistema de comportamientos humanos que se consideraban ejemplares y a que los hombres grecolatinos de la poca helenstica crean por fin haber llegado. N o significa, pues, la condicin humana y el carcter problemtico de su destino ni la innmera y antagnica variedad de sus modos de conducirse. Por una sorprendente y hasta paradjica coyuntura, durante la E d a d Media, en la mente de rabes y cristianos, que eran hombres de Dios, esta ejemplaridad humana, puramente humana, enunciada por humanitas^ refluy sobre todo lo que haban sido Grecia y Roma; es decir, sobre la Antigedad, ungindola con un carcter magistral, de suerte que, por una de sus caras, la E d a d Media ntegra result ser un movimiento, lento al principio, luego uniformemente acelerado, de absorcin de la obra filosfica y potica, jurdica, poltica y artstica de griegos y romanos. Esta absorcin de tan enorme masa de residuos mentales tuvo que disgregarse y articularse en una pluralidad de disciplinas, cuyo conjunto se impuso en los estudios universitarios medievales como otro hemisferio del saber contrapuesto a las ciencias de lo divino o teolgicas. D e aqu que el singular humanitas se dispersase en el plural Humanidades. A l cambiar de nmero el trmino cambi de significacin. Mientras la humanitas era un cierto modo de comportamiento real por parte del hombre, las Humanidades significaron una serie de conocimientos y enseanzas, cuyo tema era, a su vez, las obras poticas, retricas, histricas,11

L

jurdicas, didcticas que griegos y romanos tuvieron a bien engendrar. P o r tanto, eran las Humanidades conocimientos de conocimientos, enseanzas de enseanzas, alimento enrarecido y de escasas, aunque algunas, vitaminas con que ha pretendido nutrirse el Occidente durante siglos. Menendez Pelayo llam a los estudios clsicos medula de len. Sospechamos que exageraba este seor. Claro es que todo aquel torrente de prosas y versos antiguos arrastraba algn poso de realidad humana, a saber, la referencia que hacan a la vida efectiva de griegos y romanos. Pero en las Humanidades esa vida traspareca slo oblicuamente. L a atencin iba dirigida, sobre todo, a las palabras y por eso, cuando en el siglo x v culmina todo este movimiento de absorcin, la actividad intelectual aparece dominada por la disciplina que era clave para todas las dems: la ciencia de las palabras, la gramtica. Se llam a aquello Humanismo, es decir, la dictadura de los gramticos. E l hecho es de sobra grotesco, pero est ah sin remedio y ah quiere decir dentro de nosotros los occidentales que no hemos acabado todava de digerir y, merced a ello, de eliminar nuestro abolengo humanstico, toxina an operante en las entraas de la vida europea. Mas al alzarse de nuevo sobre el horizonte, como un cometa pavoroso, la urgente duda del hombre respecto a s mismo fue menester desentenderse de meras ejemplaridades y ponerse a estudiar los hechos de la multiforme realidad humana. Hzose esto primero empleando, con algunas modificaciones, el mismo instrumental de conceptos que tan frtil rendimiento haba dado en las ciencias naturales. E l empeo, como no poda menos, fracas y entonces hubo que postular un tipo nuevo de ciencias que estudiasen el hombre por su lado ms peculiar, el cual escapa a cuanto se haba llamado naturaleza y le diferencia especficamente del animal, la planta y el mineral. Pero acaece que hasta ahora ese convoluto de ciencias no ha encontrado un nombre que podamos pronunciar con satisfaccin. Verdad es y el hecho deba ser ms notorio que las ciencias no han tenido casi nunca un bautismo afortunado. L a lengua les ha proporcionado nombres ineptos, con frecuencia ridculos. Valga como ejemplo superlativo de inexpresividad y ridiculez el nombre filosofa, que slo sirve para despistar. T a n es ello as, que acaso en uno de los coloquios-discusiones proyectados para este primer curso del Instituto, mostremos haber sido esta palabra escogida circunstancialmente con el propsito deliberado de despistar, y no, como suele creerse, por un pujo de modestia ni sincero ni irnico. E l cmo y el porqu precisos de este aconte12

cimiento no ha sido nunca hecho manifiesto a pesar de que constituye un ejemplo soberano, apasionante por su dramatismo, de lo que pasa a las palabras cuando se hace su historia como es debido, esto es, sabiendo verlas como lo que son, como algos humanos vivientes a quienes, por lo mismo, les pasan en efecto cosas y hacen que les pasen a los hombres que las usan, las desusan y las abusan por tanto, evitando dejarlas ser slo palabras, mariposas exnimes clavadas con un alfiler en el diccionario o en la gramtica. L a primera expresin con que, al lado de las inveteradas Humanidades, se intenta apellidar las ciencias de lo humano o, por lo menos, una gran parte de ellas es la que usan los franceses, y por eco, usamos nosotros: ciencias morales y polticas. Este nombre recurre desmaadamente a la operacin de enganchar una tras otra dos palabras y tras ellas dos cosas, renunciando a su expresin unitaria y dejndonos la sospecha de que an sern menester nuevos enganches, con lo cual nos parece asistir ms bien que a la nomenclatura de un sistema de ciencias a la formacin de un tren mixto. Adems, no se v e cmo en aquel nombre pueda alojarse la lingstica ni la hermenutica, ni la retrica y potica y falta en l sitio nada menos que para la teora general del hombre. L a teora de la sociedad o sociologa tiene que encogerse dentro de la Poltica cuando sta es slo un captulo de aqulla, revelndose con ello que a comienzos del siglo x i x , fecha aproximada en que cuaj esta denominacin, se segua como en tiempos de Aristteles. Los griegos todos, incluso Aristteles, eran ciegos para la realidad que hoy llamamos sociedad. N o acertaban a verla y, en su lugar, perciban slo el Estado. E l caso es que Aristteles, con su pasmosa sensibilidad para los hechos, palpa tenuemente que Estado y sociedad no son una misma cosa. Pero esto le lleva slo a decir, sin mucho compromiso, que hay otras sociedades, por ejemplo, la familia, distintas del Estado, lo cual no hace sino remachar que para l el Estado era, por lo menos, una sociedad; en rigor, la sociedad por excelencia. L a percepcin de que familia o Estado no son sociedades, sino algo que hay en la sociedad, que en ella acontece, les fue negada. Esta ceguera, ni que decir tiene, no les es imputable ni siquiera es extraa. E s naturalsima. Porque toda realidad est pronta a ocultarse y a lo dijo Herclito y cada una posee un determinado coeficiente de ocultacin. L a cifra mxima en este poder de clandestinidad corresponde a Dios y por ello su advocacin ms filosfica debiera ser la de Deus absconditus. Si el escolasticismo hubiese sido ms autntica filosofa se habra preguntado ms perentoriamente por qu Dios13

se esconde tanto en vez de contentarse con atribuirlo a su infinitud y a su exuberancia. Pues bien, entre las cosas humanas es la sociedad la menos patente, la que ms se disfraza detrs de otras. E l Estado es su ms obvia mscara, y a ello se debe que todo el pensamiento sociolgico griego nos llegue en forma de Tratados de Poltica. Pero no hay razn para que hoy, al querer nombrar lo social y hacerlo manifiesto, sigamos llamndolo con la careta que lo ha tapado. Peor anda el asunto si atendemos al otro vagn del ttulo: ciencias morales. E l vocablo morales reverbera ante nosotros equvocamente. E s el tornasol que cambia de color segn sea el ngulo de nuestra mirada. Son las ciencias morales teoras normativas de la conducta humana, es decir, Etica, el doctrinal de las buenas costumbres? Para el latino, en efecto, el sentido fuerte de la palabra mores era el de las costumbres que son como es debido. Son, ms bien, las ciencias morales el estudio de las costumbres todas, sean buenas o malas? Y a el cuitado Lvy-Bruhl contrapona ambas significaciones en el ttulo de uno de sus primeros libros: La mor ale et la science des moeurs. Mas aun con esta ampliacin queda angosto el panorama. L o humano no es slo la costumbre. Hay, junto a ella, lo desacostumbrado, lo inslito, lo nico. E s ms, la costumbre presupone la accin original, creadora e inaudita que v a a convertirse y degradarse en uso. E s t a dialctica nos fuerza a retirarnos de esos dos primeros sentidos y entender desde ms lejos la expresin ciencias morales. Entonces nos enva una significacin sin duda amplsima, pero puramente negativa. L o moral sera simplemente todo lo que no es material o fsico. E s , en efecto, el valor coloquial, irresponsable y v a g o , que la v o z tiene cuando se usa en el caf o en el refectorio, y lleva, por ejemplo, a decir que Descartes es moralmente el autor de los asesinatos en la Revolucin Francesa. E n esta acepcin, decir ciencias morales vale tanto como si, frente a las ciencias naturales, hablsemos elusivamente de las ciencias otras. Si ahora reenganchamos los dos componentes del ttulo y subrayamos su disyuncin ciencias morales y polticas caemos en la cuenta de que acaso las ciencias morales representan aqu el punto de vista general sociolgico, mientras las polticas se reducen a las ciencias del Estado, es decir, a las ramas del derecho y de la administracin. Pero qu pretende este acotamiento? Es que las ciencias polticas son ajenas a lo moral, son ciencias inmorales? Y as sucesivamente podramos seguir largo rato perdindonos en esa denominacin que en vez de sealarnos un camino se nos v a h a n d o a los pies.14

T a l vez por todo esto prefirieron los alemanes llamar a las disciplinas que estudian lo peculiarmente humano ciencias del espritu Geisteswissenschaften. Pero no somos con ello ms felices. Esta denominacin es desorientadora, porque no nos hace saber qu cosa sea el espritu y nos hace saber demasiado las cien cosas contradictorias que se han dicho que es. E l trmino espritu no nombra un fenmeno y, por tanto, algo incuestionable, sino que es ya una interpretacin, mejor dicho, es muchas interpretaciones distintas entre s, que pululan dentro del vocablo, mordindose las unas a las otras y causndonos incertidumbre y desasosiego. Se comprende muy bien, como ya hemos recordado alguna vez, el mal humor de Schopenhauer frente a las innumerables filosofas del espritu surgidas en su tiempo que le llev a preguntar: Geist?... Wer istdenn der Bursche! Espritu?... Bueno, pero quin es ese mozo! Sorprende que encontrndose en tal perplejidad no se haya recurrido antes, por lo menos en nuestros pases latinos, a la esplndida palabra humanidades para designar las disciplinas todas que se ocupan de los hechos exclusivamente humanos. Pocas veces se ofrece una ocasin tan favorable para dar nombre a una serie de investigaciones y conocimientos. L a v o z Humanidades es hoy el nombre de una cosa muy determinada que fue en otros tiempos y ya no existe, a saber, una cierta configuracin de los estudios ya pretrita. Su significado es arqueolgico; entenderla supone ya cierto saber y, en consecuencia, es a estas fechas ms bien un signo terminolgico que una palabra de la lengua. Adems, aun como trmino, apenas se la emplea. Pero basta con ahuyentar de ella este sentido demasiado restricto y dejarla funcionar en su espontaneidad para que, sin ms, nos diga precisamente lo que ahora queremos nombrar: el conjunto de los hechos propiamente humanos. E s curioso que esta palabra parece como si, por su propia virtud, hubiera intentado siempre significar eso y lo extrao prima facie es que no se le haya permitido nunca vivir efectivamente en la lengua emitiendo su ms natural sentido. Slo ha podido explayarse cuando, aqu o all, alguien la ha empleado estilsticamente, es decir, alzando un poco las faldas a la gramtica. Pero la facilidad con que, estilizando, podemos hacer que humanidades diga, sin ms, cosas slo humanas demuestra que es sta su ms espontnea significacin, reprimida en ella por un adverso y raro destino. Claro es que lo raro y extrao de este caso una palabra amordazada tiene clara explicacin que resultara aqu inoportuna. A h o r a bien, sta es la diferencia entre el trmino de una terminologa y la palabra de una15

lengua: aqul no dice lo que dice sino porque nosotros se lo hacemos decir previa una definicin. Si no sabemos sta no lo entendemos. Mas la palabra de la lengua nos comunica su sentido, nos lo dice, de suyo, antes de todo acuerdo especial y deliberado. D e tal modo no necesitan una definicin previa las palabras de la lengua que en rigor tampoco toleran una definicin posterior. D e aqu que sea una tontera y revela desconocer por completo lo que es una lengua rerse demasiado de los apuros que pasan los acadmicos para definir los vocablos cuando hacen un Diccionario de la lengua. L a palabra natural nos proyecta con prodigiosa eficacia sobre un crculo del mundo objetivo. E l centro de ese crculo por tanto, de la significacin de la palabra, es clarsimo, pero su dintorno es flotante. Por esta razn la palabra nos dice muy bien algo, pero nos lo define o delimita muy mal y es ella misma indefinible. Cuando la gente vitupera a los acadmicos, comete el quid pro quo elemental de confundir el diccionario con una enciclopedia, como si la misin de aqul fuera definir las cosas y no procurar circunscribir aproximadamente los vagabundos significados de las palabras. E s t a tarea es desesperante porque se afana en perfilar lo sin perfil. L a diccin Humanidades liberada as y pudiendo actuar como v o z vulgarsima nos consigna directamente a los fenmenos en que la realidad humana aparece, y ello sin limitacin alguna y sin prejuzgar la ms tenue interpretacin. E s , pues, el ideal para nuestro propsito puesto que se es el tema de las ciencias postuladas y no hay mejor nomenclatura para una disciplina que sealar con el ndice las cosas de que se ocupa. Slo falta hacer que ese nombre de unas cosas enuncie, a la vez, la faena de conocimiento que a ellas se dedica. A s , Humanidades v a a significar para nosotros a un tiempo los fenmenos que se investigan y estas mismas investigaciones. Sin duda, es tambin un equvoco, pero que no estorba mayormente, como no causa dao apreciable que historia designe a la vez la historia como res gestae y la historia como historiografa. A l proponer esta modificacin en el uso del vocablo humanidades, nos encontramos en una situacin curiosa. Porque, evidentemente, se trata de un neologismo, pero en este caso la nueva diccin tiene el aire de ser ms vieja, de ms rancio hbito que su valor establecido. E s como si, por vez primera, la palabra Humanidades cobrase su fymon, su verdadero, plenario y perenne sentido.

PROPSITO E INVITACIN.

Sin esta aclaracin semntica, el ttulo Instituto de Humanidades que damos a nuestra organizacin en proyecto no coincidira con su propsito. Pero habindola hecho, hemos conseguido de paso adelantar en qu consiste ste. Quisiramos emprender una serie de estudios sobre las ms diversas dimensiones en que se desparrama el enorme asunto vida humana. Para ello buscamos una amplia colaboracin. Desde hace mucho tiempo, en las ciencias naturales se trabaja en equipos. Las investigaciones sobre el hecho humano han llegado a un punto que reclama una organizacin parecida. E l tamao de lo que tal organizacin supondra, en cuanto a medios y fuerzas vivas, es tal que su ms sobrio aforo invita a la renuncia anticipada y a una inmediata parlisis. Por tanto, no se trata aqu de empresa semejante. Mas por qu no intentar un ejemplo y aun ste en formato minsculo, de lo que podran ser esos estudios y esas investigaciones en comn? Creemos haber llegado a ciertos puntos de vista y a determinados mtodos que permiten renovar en su raz misma muchas de las tradicionales disciplinas histricas e incoar otras hasta ahora desconocidas. L a lingstica, por ejemplo, que es entre todas las Humanidades la ciencia ms avanzada y que ha logrado, en efecto, un glorioso, admirable desarrollo, necesita, a nuestro juicio, ser de nuevo cimentada y fertilizada mediante dos ciencias funcionalmente anteriores a ella. Una es la Teora de la lengua que estudia a sta en un estrato previo al atendido por la cuestionable Lingustica general. Fuera de Espaa se ha hecho ya algn ensayo de Teora de la lengua. Pero sta, a su vez, demanda una investigacin ms radical y previa a ella, de que no existe el menor, asomo ni dentro ni fuera de Espaa. E s el estudio que llamamos Teora del decir', donde el fenmeno del habla es sorprendido verdaderamente en su status nascens y hace ver la palabra como lo que, en efecto es, a saber: nunca mera palabra y sin consecuencias, siempre accin grave del hombre en su vida y uno de los lados ms dramticos de su destino. Cosa pareja acontece con la filologa y especialmente con la filologa clsica, torso de las antiguas Humanidades que tan magnfica expansin goz en el siglo pasado y hoy yace inerte, prisionera en un callejn sin salida. E s preciso instaurar los principios de una nueva filologa que obligue a los textos a decir mucho ms y ms17TOMO VII.2

rigorosamente controlable de lo que han hecho hasta ahora. E s t o nos arrastra a la forzosidad de construir en forma por completo distinta de la usada la historia literaria y, en general, la historia de las dems artes y de las ideas. E n nuestra perspectiva, la Etnologa asciende a un rango que hasta la fecha no se le haba reconocido. Verdad es que se trata de una Etnologa responsable, que se exige mucho a s misma y deja de ser, como hasta aqu fue, la casa de fieras en la ciudad de las Humanidades. E s necesario mostrar que tambin los sal vajes tienen razn para poder presumir de tener alguna nosotros. L a base de todo ello es la Hstoriologa, disciplina que nunca ha sido acometida en serio, dando lugar a que los libros de historia, cualesquiera sean sus virtudes y mritos singulares, contengan ma teria tan vagarosa y sin compromiso y hablen del pasado como de algo ajeno a nosotros, siendo as que constituye nuestros propios entresijos. La historia tiene que tener ra%p'n, es razn narrativa, una narracin que explica o una explicacin que consiste en narrar. E s inadmisible la conducta habitual de la historia, que se fatiga en pro bar, a veces con una suprflua ostentacin de rigor, los datos que maneja, pero no prueba lo que ella dice sobre esos datos y aun rehuye plantearse las cuestiones de realidad humana que anuncian, con lo cual resulta que siendo los libros de historia los ms fciles de leer son los menos inteligibles. N o se hace nada con decir que pas esto y aquello, porque entonces nos quedamos sin saber qu es esto y qu es aquello y nos encontramos simplemente ante palabras sin sentido propio. Si se nos cuenta slo que Csar pas el Rubicn, nos que damos in albis, porque es una expresin infinitamente equvoca. Innumerables individuos humanos han pasado y siguen pasando el Rubicn y en cada uno de los casos la frase enuncia una realidad humana distinta. Sera menester explicar bien el valor que ello tiene en el caso de Csar, pero acontece que a pesar de ser uno de los hechos sobre que ms se ha escrito, contina sin esclarecer suficientemente, y como es el acto en que comienza todo el resto de la historia ro mana, sigue este resto que es, nada menos, el Imperio Romano sindonos un enigma. E n aquel acto se atasc Mommsen y en l seguimos atascados. Si aquello hubiera sido elucidado se volveran, sin ms, transparentes muchas cosas que hoy acaecen. E s preciso que la historia, al menos en principio, se comprometa consigo mis ma a explicar todo, a dar la razn y exhibir el porqu, un porquciertamente muy distinto del porqu determinista que impera en las ciencias naturales. N o s irrita leer al irritado Tcito porque pre18

tende ofrecernos espectculos atroces; pero como no los explica, como no los hace verosmiles, quedan fuera de nosotros sin lograr sernos efectivamente atroces. Hay que iluminar por dentro la atrocidad antigua si se aspira a estremecernos hoy y gracias a ello precavernos frente a atrocidades inminentes. O cambiando de humor, murmuremos que la historia futura deber decir a la usada lo que el miembro de aquel tribunal en una Academia de Caballera deca a un examinando: Eh!..., que aqu se explica todo! N o es como en Infantera! E n cuanto a la Economa, bien se manifiesta qu anda menesterosa de refundicin en un sentido bastante prximo al literal. Originada en el siglo X V I I I , sazn de pensamiento abstracto y formalista, sigue siendo un cuerpo de doctrina ajeno a espacio y tiempo, y su rigidez geomtrica ha hecho de ella un petrefacto. E n su prembulo dice de s misma que es una ciencia social, pero al abrirla no encontramos por ninguna parte sus presuntas visceras sociolgicas. Las promete y se olvida de ellas. Se impone el ensayo de hacer efectivo su carcter de ciencia social, y como lo social es histrico, de volverla a fundir en el crisol de la historia para que de rgida se torne teora fluida, dinmica, que acompaa al hombre en sus inevitables mudanzas sin perder por ello su misin normativa, es decir, descubrirnos qu es lo econmico en cada situacin econmica. Cortemos aqu esta serie de sugestiones puesto que se trata nicamente de insinuar las nuevas y fecundas posibilidades que. atisbamos aun en el caso de disciplinas tan conocidas y tradicionales como las citadas. Tenemos un programa ideal de lo que pudiera ser el Instituto de Humanidades. E n l, junto a las ciencias fundamentales, que no queremos especificar aqu porque sus nombres pareceran abstrusos o desviadores y al lado de los grandes estudios sobre el pasado, habra la seccin de investigaciones metdicas sobre el presente hasta el da, la informacin sobre el mundo humano en la actualidad, observacin masiva sobre las gentes de nuestro pas, donde podran hallar sugestiva tarea numerosos equipos de jvenes, etc., etc. Pero ms vale no hablar aqu de ese programa imaginario, ya que su ejecucin queda hoy fuera de toda probabilidad. Por el contrario, nos importa insistir en que lo que ahora intentamos es cosa de mnima cuanta y no ms que un ensayo de ensayo. Por un lado, necesitamos probarnos a nosotros mismos cules son nuestras efectivas fuerzas, y por otro es preciso ver si realmente existen perso19

as que deseen colaborar con nosotros. E n cuanto a nosotros, protestamos anticipadamente si se quiere confundir la declaracin de que entrevemos todas esas nuevas sabiduras posibles con la pretensin de poseerlas. Si as fuera no necesitaramos de los dems. E n verdad, nuestra relacin con todo ese saber se reduce ms bien al apetito. Por lo que hace a eventuales colaboraciones la cosa es ms problemtica. Porque un conglomerado de causas trae consigo que el cuerpo colectivo de cada pas, por ejemplo, el nuestro, se haya vuelto sobremanera opaco. Su intransparencia no permite conjeturar lo que de verdad hay dentro de l. Precisamente porque los gestos colectivos se acusan tanto no dejan ver a su travs cmo son los individuos, las personas, qu piensan, qu sienten, qu les falta, qu les sobra. Dada la apariencia de las cosas y si fusemos de talante pesimista, comenzaramos por creer que lo que les sobra es justamente verse incomodados con invitaciones como la presente a un entusiasta esfuerzo intelectual. Mas nuestra pronta disposicin a aceptar que sea as, nos echa a la espalda el pesimismo dejndonos con la sobrada serenidad para preguntarnos si, a pesar de todo, no habr quienes experimenten vocacin parecida a la nuestra. S, ya sabemos que el ambiente es de pesadilla y que en discursos, peridicos y tertulias se habla, como hace justo mil aos, del prxim o fin del mundo y de la civilizacin. Pero, n o obstante, acaso haya tambin algunas personas que estn habituadas a admitir esa eventualidad por pensar, como nosotros, que el mundo y la civilizacin, ni ms ni menos que ahora, han estado y estn siempre prestos para acabar, segn corresponde a cuanto es contingente. Siempre la humanidad ha vivido sobre un volcn. E l planeta es, en efecto, un volcn y lo sorprendente es que hasta ahora se haya comportado con tan mesurada eruptividad. L a civilizacin es una telaraa y pasma que sus tenues filamentos no se hayan quebrado muchas veces, cada cuatro o cinco generaciones. L a vida humana es ntegramente peligro y por lo mismo es ntegramente responsabilidad. N o hay, pues, ahora razn especial ni bastante para acoquinarse y suspender el deporte ms constitutivo del hombre, que es teorizar.COLABORADORES, OYENTES, PBLICO

N o nos dirigimos al pblico, no lo buscamos. Se trata de formar un grupo de colaboracin completamente privada, que no pretende ejercer la menor influencia sobre la vida nacional ni prac20

ticar proselitismo, y si imprimimos y repartimos este prospecto es porque no hallamos otro modo de poder llegar a las contadas personas que, desconocidas de nosotros e ignorndose mutuamente, pueden interesarse en trabajar juntos sobre estas cuestiones y con los mismos mtodos. L a mayor parte de los temas en que vamos a ocuparnos, por su propio carcter, excluyen automticamente las grandes audiencias. Invitamos a unos cuantos para trabajar en un rincn. Mas, por otra parte, quisiramos evitar a nuestro ajetreo toda faccin propia de las sociedades secretas que son caractersticas de dos momentos en la vida de un pueblo: aparecen en cierto estadio de su etapa primitiva, por tanto, en la hora de su formacin, y reaparecen en la hora confusa de su disolucin. D e aqu que si bien no nos dirigimos al pblico ni lo buscamos, tampoco lo rechazamos amaneradamente. L a investigacin, la ciencia, el conocer o como se le quiera llamar tambin para esta nocin falta en el lxico palabra decente, procede atravesando fases muy distintas. Una de esas fases consiste en labores radicalmente incompatibles con toda publicidad, ms an, que slo pueden ser cumplidas en la ms rigorosa soledad de la persona. Hay otra en que la gestacin cientfica no slo tolera sino que exige el confronte de lo que cada cual cree haber hallado, de las dificultades con que tropieza, de los complementos que necesita con el sentir de otros cofrades sumergidos en el estudio del mismo tema u otros afines. E s la oportunidad del coloquio y la discusin. H a sido un error en los tiempos modernos no dar la debida importancia a este aspecto de la colaboracin que se verifica en forma de dilogo o disputa, mxime si, como parece, cada da ser ms ineludible trabajar en equipo. E n esta fase la investigacin, emergiendo del arcano personal donde se inicia, se hace ya visible. Por qu, entonces, no dejarla ver a quienes no se sienten capaces o deseosos de colaborar, pero s de interesarse en la faena? E s el momento en que el esfuerzo mental no ha llegado todava a ser obra, es decir, resultado firme, meta lograda, doctrina formal. E s an la inteligencia en movimiento que vislumbra, analiza, busca, ensaya, que tropieza con la arista de la objecin y se hiere la frente, que se corrige e integra con lo descubierto por otro, que pasa por instantes de ceguera y terco aferramiento a un error, que despierta a nuevas luces, que se pierde una y otra vez en sus propios afanes y desespera y resucita; en suma, el drama mismo del pensar, una de las escenas ms maravillosas que existen. Por qu no hacer de ello, para un crculo no muy numeroso de oyentes, espectculo que21

compense un poco el multitudinario de los partidos de ftbol? E l Instituto no tiene designio docente. N o se propone ensear sino aprender aprender lo que no se ensea porque nadie lo sabe an. Pero no cabe duda que si logra existir y funcionar, esta porcin del trabajo hecha a la vista de una discreta asistencia tiene ms valor didctico que cualquiera escuela. Nada hay como la presencia del pensamiento mismo hacindose para suscitar vocaciones, alertar las cabezas y hacerlas sacudir la chabacanera intelectual que hoy las corrompe. Por estas razones, junto al grupo de los colaboradores, institumos en nuestra organizacin un cuerpo de oyentes y lo consideramos rgano de suma importancia en la convivencia de nuevo sesgo que aspira a ser el Instituto. Creemos as poder servir a muchos de algo, y ellos, recprocamente, nos son menester como una clida atmsfera humana que nos acompae, nos abrigue y nos presione. E s t o nos ayudar a huir de las dos cosas que menos quisiramos ser: hermticos y mandarines. Pero hay ms: como todos nuestros temas son variaciones del tema general vida humana y ste posee un sex-appeal formidable, pudiera acontecer que alguno de nuestros cursos despertara inters o la forma deficiente del inters que es la curiosidad en un nmero bastante crecido de personas. T a l probabilidad, cualquiera que sea su grado, nos preocupa de antemano en esta hora de proyectar nuestros trabajos e invitar a otros para una privada colaboracin. Pues el hecho significara vernos consignados a topar con el pblico, que es precisamente a quien no nos dirigimos. Qu hacer en caso semejante? Tiene sentido que nos neguemos a ser odos, pedantemente desdeosos de ese eventual pblico? N o confundamos las cosas. N o desdeamos al pblico, lo que sera una actitud estpida. L o que hacemos es no contar con l, porque, queramos o no, ya lo hemos dicho, la mayor parte de nuestras labores excluye su participacin, y adems porque no se le puede pedir ni constancia ni dedicacin. L o que haremos, si esa anormal abundancia de oyentes afluyese a algn curso, sera trasladar ste a un local de ocasin, suficientemente amplio, fuera de nuestro domicilio en A.ula Nueva, que es una habitacin de menor burguesa con espacios de exigua capacidad. Pero ha de entenderse que ese traslado a un auditorio mayor representa slo una extrapolacin en la conducta normal de nuestro Instituto.

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IMPECUNIOSIDAD D E L INSTITUTO

E n fin, aunque faltasen estas razones para no reducir nuestra convivencia a los colaboradores en los estudios y ampliarla a un contorno de oyentes no tendramos ms remedio que hacerlo por una consideracin que queremos declarar de la manera ms taxativa. E l Instituto de Humanidades tiene que sostenerse con las matrculas de los oyentes a sus cursos y coloquios-discusiones. L a cosa no admite escape porque el Instituto carece en absoluto de medios econmicos. Nosotros mismos no los tenemos propios y nos faltan los ajenos. Con ser todo aventurado en nuestra iniciativa, el punto ms problemtico de ella es, como suele en Espaa, el factor crematstico. D e suerte que encima de ser tan dudosa la existencia de sincero inters por este gnero de trabajos, tenemos que empezar pidiendo sacrificios.BAJO E L SIGNO D E L A C A L M A

Cuando en tiempos recientes se hizo por vez primera con energa y perentoriedad, la pregunta: Qu es el hombre?, se descubri muy pronto que no era nada de lo que hasta ahora se haba presumido. L a consecuencia de este descubrimiento debi ser la admisin de que no sabemos lo que es el hombre y un animoso empeo en ir averigundolo. Pero el tipo de hombre que hoy predomina est posedo por la bsica creencia de que l lo sabe ya todo es, por definicin, no el hombre de la calle, sino el hombre al cabo de la calle, el hombre que no sabe no saber, el fantico. D e aqu que en su mente la averiguacin de que el hombre no era nada de lo que se haba credo hasta ahora se transustanci, sin ms, en la firme doctrina de que el hombre no es nada, y se desemboc con velocidad inoportuna, con injustificado atropellamiento, en un nihilismo tan radical como arbitrario. Frente a ello el Instituto de Humanidades siente el orgullo de su propia ignorancia, la cual es incuestionable privilegio del hombre y mximo aperitivo que nos mueve a emprender una serie de esfuerzos en comn para intentar ir respondiendo a aquella desesperada pregunta.Y todo ello con calma jovial un temple tan existencial como puedan serlo iracundias, acedas y angustias, sobre tener la ventaja dira un humanista de ponernos bajo la proteccin directa de J o v e , ya que de l procede23

la jovialidad. E s t a calma humana lleva signo contrario a la que suele atribuirse al bovino, la cual, si nos arrojamos a afirmar que el animal la siente, sera un sosiego regalado, hecho de insensibilidad para el peligro. Mas la calma del hombre es la que l mismo briosamente se crea en medio de la congoja y del apuro, cuando al sentirse perdido grita a los dems o a s mismo: Calma! N o parece asentarse en fundamento bastante la calidad privilegiada que algunos pensadores de hoy quieren conceder a las situaciones extremas, rehabilitando cierto romntico frenes de Kierkegaard. N o es en la angustia, sino en esa calma que la supera y pone en ella orden, donde el hombre puede verdaderamente tomar posesin de su vida y, en efecto, existir: en ella propiamente se humaniza. L o nico que hay que decir contra la calma es lo mismo que hay que decir contra la angustia y contra toda otra emocin pura en que el hombre quiera radicar su existencia: que cada cual lleva en s el germen de una viciosidad particular. T o d o temple humano puede ser en forma o en modo deficiente. A s , la calma puede degenerar en cotidianeidad, mera adaptacin y conformismo, como la angustia, degradada en mana o pavor, frenetiza y envilece al hombre.

ENVIANDOA

DOMINGO ORTEGAEL

RETRATO DEL PRIMER TORO

V

Eplogo al libro E l arte del toreo, por O R T E G A , R . de O., Madrid, 1950

DOMINGO

N esta conferencia un gran torero habla de lo suyo. Ntese que reduciendo en la medida que le es dada las consideraciones generalesy los innumerables temas conexos con el arte de torear, se recluye en la cuestin de dnde estn los pitones del toro y dnde, en relacin con ellos, tiene que estar la cadera del torero y cada una de sus piernas y su bra%p,y qu movimientos y quietudes debe practicar. Lo que Domingo Ortega dice est pensando desde el ruedo, en peligrosa proximidad a las astas del animal y all tiene el lector que situarse imaginariamente para poderlo entender. Porque de lo que pasa entre toro y torero slo se entiende fcilmente la cogida. Todo lo dems es de arcana y sutilsima geometra o cinemtica. La mayor parte de los que asisten al espectculo no han conseguido nunca representarse con claridad y precisin en qu consisten las ms vulgares suertes; por eiemplo, banderillear al cuarteo. En la lidia todo es rpido, incluso lo que relativamente calificamos de lento (sosegadas prisas llama el varilarguero Da^a a los trances del toreo (escriba en torno a I J J J ) y como, adems es dramtico y nos sobrecoge, no deia margen a la atencin para percibir en su detalle la doble meloda de movimientos que es cada suerte. De aqu que la doctrina tauromquica expuesta por Domingo Ortega se nos presenta con cierto aire de teorema geomtrico. Toro y torero, en efecto, son dos sistemas de puntos que han de variar en correlacin uno con otro. Es extrao que no se haya compuesto nunca una geometra o cinemtica taurina, cuando todo el que ha querido explicar una suerte ha tenido que tomar el lpi^y dibujar lneas que simbolizan movimientos. Mas no voy a entrar ahora en ello. Me encuentro con que mi amigo y homnimo desea que unas palabras mas acompaen a lo dicho por l, y como lo dicho por l es del ms riguroso tecnicismo, me parecera incongruente trabar algunos signos caligrficos, dibujar una tenue orla verbal. Yo no soy un aficionado a los toros. Despus de mi27

E

adolescencia son contadsimas las corridas de toros a que he asistido, las estrictamente necesarias para poder hacerme cargo de cmo iban las cosas. En cambio, he hecho con los toros lo que no se haba hecho: prestar mi atencin con intelectual generosidad al hecho sorprendente que son las corridas de toros, espectculo que no tiene similaridad con ningn otro, que ha resonado en todo el mundo y que, dentro de las dimensiones de la historia espaola en los dos ltimos siglos, significa una realidad de primer orden. Era cuestin de honor para un hombre de pensamiento explicarse su origen, su desarrollo, su porvenir, las fuerzas y resortes que lo engendraron y lo han sostenido. Sobre las corridas de toros se han publicado no pocos libros, algunos excelentes, producto de un esfuerzo meritsimo. Pero han sido compuestos desde el punto de vista del aficionado, no del analizador de humanidades. Siempre sent como algo penoso e indebido que no se hubiese estudiado con el mismo rigor de anlisis que cualquier otro hecho humano ste que es de muy sobrado calibre. No es, pues, cuestin de aficin o desafeccin, de que parezca bien o mal este espectculo tan extrao. Cualquiera que sea el modo de pensar sobre l y el mo es hasta ahora completamente indito no hay ms remedio que esclarecerlo. No he escrito nunca sobre materia tauromquica, y no son las circunstancias presentes oportunas para que inaugure tal operacin. Prefiero, pues, enviar a Domingo Ortega algo que acaso no interese a los lectores de su conferencia, pero que es cosa nueva y de importancia en un estudio a fondo de la realidad que han sido las corridas de toros. Como es sabido, la variedad vacuna dotada de bravura es una especie apolgica arcaica que se ha perennizado en Espaa cuando desde muchos siglos antes haba desaparecido de todo el mundo. Las causas de esta perduracin no han sido an esclarecidas. Slo es patente que en las ltimas tres centurias las fiestas nobles de toros, primero, y las corridas populares, despus, han logrado su artificial conservacin. No s si se tiene esto bien en cuenta, si se est atento a que esa funcin del coraie, lo que en la terminologa taurina se llama casta, es superlativamente inestable y siempre a punto de extinguirse. La furia de nuestra res brava no se parece a ninguna otra en el mundo animal an existente. Esto haca muy difcil explicar el origen zoolgico del bovino que con tanta pasin la ejercita. De un lado, aparece el toro especficamente bravo rodeado por todas partes de vacunos domsticos en que tal o cual individuo manifiesta ocasionalmente furibunde^, pero que como linaie han hecho proverbial su mansedumbre. De otro lado hay que todas las variedades, especies o subespecies de bovinos domsticos y mansuetos provienen de un tipo de toro originario, el bos primigenius, que era feroz- Los alemanes le llaman Auerochs, o toro salvaje, y los germanos y celtas deban nombrarle con un nombre parecido, que a los odos de Julio Csar sonaba28

urus. Fue l quien introdujo este vocablo en la lengua latina. Era un animal enorme y peligrossimo que poblaba los bosques de la Europa central y nrdica, constituyendo la gran ca%a a que los seores del tiempo se dedicaban. Julio Csar se complace una y otra ve\ en decirnos cmo en las pausas de su beligerancia cacaba el uro. Pero es tpico de su estilo que no nos describe nunca al animal de modo suficiente para que podamos representrnoslo. Con lo cual la esplndida bestia se convirti en un mito entregado a la libre fantasa, y como todo mito, generoso en metamorfosis. Unos lo imaginaban como un bisonte, otros como un bfalo y, en seguida veremos, no pocos le aproximaban a fieras que nada tienen que ver con los bovinos. El toro primigenio, o uro, desaparece como especie viva durante la baja Edad Media. Sin embargo, a comienzos del siglo XV perdura en los bosques de Litunia lindantes con Prusia. Dos siglos despus nos comunica el doctor Otto Antonius (i) quedan an unos cuantos individuos supervivientes en Polonia, a saber: en el gran bosque llamado Jaktorowka, a cincuenta y cinco kilmetros por el sudoeste de Varsovia. Este bosque fue el ltimo refugio del uro como en nuestro tiempo el bosque de Bialomc^a lo es del bisonte. En IJ64 vivan an en Jaktorowka 38 uros, de ellos ocho machos adultos y tres iavenes, 22 vacas y cinco terneras. En ijp? haba descendido el nmero a 24 animales,y en 1604, a cuatro. En 1620 no quedaba ms que una vaca, la cualprobablemente el ltimo eiemplar de su especie sucumbi en 1627. Es inconcebible que siendo tan reciente la desaparicin completa segn Antonius de este animal no constase en la conciencia pblica y en los hombres de ciencia europeos cul era su figura y tuviera que seguir la imaginacin elaborando sus fantasmagoras. La cosa es an ms extraa si se advierte que Segismundo, barn de Herberstein1486-1j66, embajador de Carlos V, y de su hermano Fernando, haba descrito bastante bien al animal en su libro Rarum moscovitarum comentarii, e incluso publicaba grabados representndolo. Los grabados son toscos y tal ve^ slo un espaol que los vea puede reconocer bien lo que quieren figurar. As andaba el asunto, cuando a comienzos del siglo pasado, el aplogo ingls H. Smith encontr en un anticuario de Augsburgo cierto cuadro que representaba un bovino de fina y grande cornamenta. En un rincn del cuadro se lea la palabra Thur, que es el nombre polaco del uro. La comparacin de esta figura con los restos seos que del animal se conservaban, daba como resultado completa coincidencia. Sin embargo, fue preciso esperar el estudio de M. Hilt^heimer sobre el aspecto del uro para que quedase plenamente establecido que el cuadrito de Augsburgo entre tanto desaparecido era(1) Die Abstammung der Hausrinder [Descendencia de los vacunos domsticos], en Die Naturwissenschaften, 24 de octubre de 1919. 29

el retrato de uno de los ltimos ejemplares, tal ve% del postrer superviviente del toro primero o primigenio ( i ) . La presencia de esta figura aclara de plano la cuestin de nuestro toro bravo. Es ste, con toda evidencia, el descendiente directo del uro o Auerochs. El nico eslabn intermedio que acaso ha habido es la forma cuaternaria del uro que era de tamao un poco menor y tuvo su expansin principal en Mesopotamia y el norte de frica. El primigenio -figurado en la imagen adjunta era mucho mayor que el ms corpulento de nuestros toros. En cuanto al pelaie tenemos noticias muy precisas debidas al barn de Herberstein y completadas por Janickiy otros. Era el uro adulto negro listn, a veces castao oscuro. Terneras y becerros eran ms claros, llegando casi al retinto en colorado. Vero los que hasta ahora se han metido en este asunto dejan en el aire la pregunta de cul fue el origen de ese cuadro arrinconado en un anticuario de Augsburg. Aqu es donde creo poder ofrecer una pista inesperada, pero que en seguida resolver indefectiblemente el enigma. Hay un pasaie de una carta de Leibni% nada menos! en que nadie ha reparado. Escribiendo en 18 de octubre de iji2 a su corresponsal Th. Burnett, de quien recibe y a quien enva noticias sobre los nuevos libros, dice: No he visto an la nueva edicin de Julio Csar, pero soy yo quien envi a los editores el retrato del urus, porque interes al Rey de Prusia en que lo hiciese hacer del natural sobre el que tiene en Berln. El urus (de que Julio Csar habla) no es un oso, sino una especie de toro de un tamao y una fuerza extraordinarios; en alemn se le llama Auerochs (2). Estas palabras abren un camino directo para la solucin del enigma que el cuadro augsburguense plantea. De qu eiemplar superviviente ha sido hecho este retrato en que nos aparece un magnfico macho en actitud ojo radiante, manos y jarretes en tenso avance que los espaoles conocemos tan bien? La factura pictrica no nos dirige a los comienzos del siglo XVII en que an perduran, dentro de Alemania, las tcnicas del XV, sino que lo situaramos mejor a fines del seiscientos, es decir, en torno a lyoo. La afirmacin de Antonius que fecha en 1627 la extincin del ltimo bos primigenius puede valer para el rebao ms importante que quedaba y era el de Polonia, pero el texto de Leibni% nos lleva a pensar que, tal ve% procedentes de ese rebao, posea el rey de Prusia, cuyos cagaderos lindaban con los bosques(1) M. Hilzheimer, Wie hat der Thr ausgesehen?, en Jahrbuch fr wissenschaftliche und praktische Tierzucht, V, Jahrgang, 1950. Tengo fotocopias de este artculo y de otros sobre el t e m a que sera interesante publicar en alguna revista espaola de agricultura, ganadera o veterinaria. (2) Die philosophischen Schriften von Gottfried Wilhelm Leibniz. Herausgegeben v o n G. J. Gerhardt. T o m o I I I , pg. 325. 30

de Varsovia, algunos individuos y en tiempo del gran filsofo, tal ve%, un ltimo superviviente. Curioso de todo y a todo atento, este trgico destino de toda una magnfica especie concentrada en un solo individuo, le movi a asegurar la conservacin de su aspecto. No es sobremanera probable que el cuadro de Augsburgo sea el que fue pintado por su mocin y enviado al editor de Julio Csar? La ltima palabra sobre la cuestin queda ahora fcilmente soluble. Basta que alguien busque esa edicin de Julio Csar en alguna biblioteca alemanay compare el grabado all impreso con la imagen que aqu va reproducida. La conferencia de Domingo Ortega es un documento nico en la historia de la tauromaquia, porque en ella un maestro insigne del arte se ocupa en definir menudamente el esquema de movimientos en que la tcnica del toreo consiste. No creo que vaya mal como anejo a sus pginas la imagen, desconocida en Espaa, del primer toro.

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P R L O G OA

TEORA DE LA EXPRESINPOR

KARL

BHLER

TOMO

VII.3

Publicado por la Revista de Occidente, Madrid, 19 jo.

ARL Bhler era una de las figuras prominentes de la ciencia psicolgica en la Europa anterior a la guerra. Ocupaba la ctedra dedicada a esta disciplina en Viena y era Director del Instituto de Psicologa anejo a aquella Universidad. En 1933 public esta Teora de la Expresin y pocos meses despus, en 1934, su Teora del lenguaje. En esta coleccin aparecern tambin, con un mes de distancia, los dos libros. Son, en efecto, inseparables, mutuamente se esclarecen, si bien la obra sobre el lenguaje es mucho ms lograda que su pareja y quedar como un libro clsico. El gesto expresivo y la palabra son los gminis en el zodaco de los problemas humanos. Ambos fenmenos tienen comn su carcter ms radical. Uno y otro consisten en fenmenos que nos aparecen en el mundo exterior, que son externidades, pero tienen la condicin constitutiva de manifestarnos internidades. Cierta contraccin de los msculos faciales es un hecho corporal como otro cualquiera, pero en l vemos adems la tristeza o la alegra de un hombre, dos realidades que por s carecen de todo atributo que las permita ser exteriores. Parejamente, una palabra es un mero sonido, un fenmeno acstico; pero acontece que en l nos llega noticia y como presencia de una idea, otra entidad inespacial,y, por tanto, incapaz por s misma de exterioridad. Ea cosa es una de las ms triviales que existen, pero, a la vez, ms extraas y enigmticas. De las ms triviales, si analizamos paso a paso la estructura de eso que llamamos mundo, dentro del cual cada cual se encuentra, advertiremos que consiste en la articulacin de una serie de mundos que estn encapsulados uno en otro, quiero decir, que existen para el hombre fundados uno en otro de suerte que cada uno de ellos supone el anterior y, viceversa, llega el hombre al posterior al travs del precedente. Entonces descubrimos, con no parva sorpresa, que el mundo primero con que el hombre se encuentra y en que ab initio flota es un mundo de gestos y de palabras. El hombre, en efecto, nace en una sociedad o contorno formado por otros serese as

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humanos, y una sociedad es, por lo pronto, un elemento de gestos y de palabras en medio de los cuales se halla sumergido. No es arbitrario llamarla elemento porque posee buen derecho para ser adjuntado a los cuatro tradicionales. Pues bien, todos los dems mundos que pueda haber, desde el fsico hasta el de los Dioses, son descubiertos por el hombre mirndolos al traslu^ de un enrejado de gestos y palabras humanos. Pero este fondo comn de la expresin y el leguaje exteriorizar intimidades no permite que identifiquemos las dos clases de fenmenos. La funcin expresiva es muy distinta de la funcin lingstica. Aquel fondo comn es causa de que en el vocabulario vulgar se suelan confundir ambas. Si decimos que un rostro expresa amargura y que una frase expresa muy bien cierta idea, con la misma palabra expresar denominamos dos operaciones sobremanera diversas. La relacin entre el gesto y el estado de nimo que en l nos aparece es muy otra que la palabra y la cosa que ella denomina o la idea de sta que enuncia. Entre el fenmeno exterior y la intimidad por l revelada es muy diferente la distancia en uno y otro caso. Con algn buen sentido podemos decir que la tristeza est en la fa% contrada, pero la idea de mesa no est en la palabra mesa. De aqu que una misma idea sea dicha con diversos sonidos en las diversas lenguas, mientras que los gestos expresivos tengan un carcter universal, si bien y Bhler insiste en ello es de suma importancia estudiar sus variantes en pueblos y pocas. Esta diferencia obliga a precisar la terminologa y acotar el vocablo expresin para aquel modo de manifestar la intimidad que se nos presenta con mxima purera en los gestos emotivos. Bhler, en colaboracin con sus discpulos, ha dedicado muchos aos al intento de aclarar ambas funciones: la expresiva y la lingstica. El resultado de tan vasta labor queda recogido en estos dos volmenes, que deben ser considerados como la publicacin ms importante sobre uno y otro tema, hoy existente. Esto no quiere decir que se hallen ambas obras al mismo nivel, como ya al principio apunt. Dos causas son reponsables de este desnivel, y de una de ellas es irresponsable el autor. En su Teora del lenguaje estudia Bbler el fenmeno del habla en un estrato distinto de aquellos en que hasta ahora se le haba enfrontado. No es una filosofa del lenguaie como tantas que ahora pululan y aparecen con o sin ese peraltado ttulo. Por otra parte, tampoco es una lingstica general. Es precisamente un estrato intermedio, el ms inmediato a la lingstica, sin confundirse con sta. Ahora bien, este planteamiento del problema lenguaje ha permitido a Bhler aprovechar toda la ciencia lingstica, que es la ms avanzada entre las Humanidades. En el caso de la expresin, el autor no poda contar con tan decisivo auxilio, porque su estudio no ha llegado a madure^ terica. En este libro ver el lector, con doble sorpresa, cmo se coment a investigar el hecho de la expresin36

al mismo tiempo que todos los otros grandes problemas es decir, all en Grecia, pero que la historia posterior de esa investigacin carece de continuidad y es como espasmdica. El estudio de la expresin se halla, en efecto, enormemente retrasado en comparacin con el de su gemelo el lenguaje. Por esta ra%n, Bhler no poda partir de un fondo slido preexistente, como el que le ofreca la lingstica. Tanto es as que el simple hecho de haberse resuelto un hombre de ciencia rigoroso a publicar un tratado de la expresin como el presente es por s, y cualesquiera sean sus difidencias, una hazaa cientfica que bordea la audacia. Ea otra causa que desiguala este libro con su compaero es de menor sustancia y consiste en un error didctico. Bhler ha querido exponer su teora de la expresin al hilo de la historia de los estudios precedentes sobre el tema hechos desde Aristteles. Esto da, sin duda, una mayor riqueza de contenido a su obra, pero le quita transparencia para quien quiera leerlo de corrido y sin volver frecuentemente de delante a atrs. Hubiera sido preferible separar la historia de las ideas sobre la expresin de la teora o doctrina que Bhler considera como actual y fehaciente. Pero tena vivo inters a mi juicio excesivo y un tanto inoportuno en mostrar: que en los estudios fisiognmicos y mmicos del pasado estn ya los principios de una verdadera teora de la expresin, si bien parcialmente enunciados y repartidos en la serie de los investigadores pretritos; z., que esa historia de la fisiognmica, tras de su aspecto que yo llamaba espasmdico, oculta una efectiva continuidad de marcha y progreso. Ello es que la exposicin conjunta de la historia y el sistema puede dificultar un poco la lectura de este libro a aquellos que no conocen previamente las cuestiones principales incluidas en el tema: expresin. A esos lectores me permitira recomendarles la lectura de dos estudios mos L a expresin, fenmeno csmico ( I ) J Vitalidad, alma, espritu (2) que, aunque viejos de fecha, creo pueden servir como introduccin para un ms fcil ingreso en este importante tratado.(1) (2) El Espectador, t o m o V I I (Obras completas, t o m o I I ) .