Paradigma nº 0 - ORTEGA Y GASSET

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    Del lat. paradigma, y

    este del gr. .

    Consejo Editorial

    - Cristina Consuegra - Antonio Heredia - Jos J. Reina - Rafael Teruel -

    Diseo y maquetacin

    Impresin

    Universidadde Mlaga

    - Cristina Consuegra - Jos J. Reina -

    Imprenta Virgen de Las Nieves - Polgono Alameda n . Mlaga

    Para definir una poca no basta con saber lo que en ella se ha hecho; es menester,adems, que sepamos lo que no se ha hecho, lo que en ella es imposible. As comienzaOrtega El Ocaso de las Revoluciones, ensayo filosfico recogido en El Tema de NuestroTiempo. Nuestra poca, desarraigada y compleja donde las haya, goza de una caractersti-ca suprema, casi divina: la necesidad de definir. Todo. Da igual el motivo. Pero como dijoel sabio, definir es excluir y negar. Paradigma ha nacido de una necesidad, que es varias a

    la vez: no queremos excluir ni negar. Precisamos ahora ms que nunca de la provocacinque encierra el pensamiento. La revolucin puede que s est aqu. Ofrecemos un espacioen el cual se rompan fronteras intelectuales, donde las Ciencias sean Letras y viceversa.

    Y esperamos que la Universidad sea motor indiscutible de ideas y creencias, catalizador deuna comunidad que est en permanente cambio y que demanda una nueva sociedad cul-tural. Un referente al que acudir para poder eludir la mediocridad a la que estamos cadavez ms acostumbrados. Deseamos que este nuevo Paradigma sea de todos, una publica-cin semestral posible gracias al esfuerzo de muchas personas, algunas de ellas modelosejemplares entre estas pginas encerrados.

    Agradecemos a la Universidad de Mlaga el brindarnos esta oportunidad. Por ltimo agra-

    decer la dedicacin de cada uno de los colaboradores, sin cuyo esfuerzo este primerParadigma no hubiese sido posible.

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    Paradigmas

    Juan Fernando Ortega MuozJuan Fernando Ortega Muo z. Ortega hoy

    Ignacio Nez de CastroIgnacio Nez de Castro. Reflexiones sobre la tcnica: desdeOrtega y Gasset a Hans Jonas.

    J. Carlos Criado Camb nJ. Carlos Criado Cambn . Einstein en Espaa y su relacincon Ortega y Gasset.

    Jos Manuel Cano PavnJos Manuel Cano Pavn . La Misin de la Universidad deOrtega y Gasset setenta y cinco aos despus.

    Juan Francisco FerrJuan Francisco Ferr. Ortega y el arte de novelar nuevamente.Algunas consideraciones in tempestivas sobre el presente cultural.

    Francisco FortunyFrancisco Fortuny. La razn fantstica. Ensayo potico de unateologa natural.

    Antonio Hered ia BayonaAntonio Heredia Bay ona. Elogio de la pregunta.

    Anas tAnastasio Cami as Hernndezasio Cami as Hernndez. El pndulo de la desinforma-cin: De la sociedad del conocimiento a la sociedad del miedo y el

    terror.

    Vladimir de SemirVladimir de Semir. [email protected] del conocimiento.

    PoemarioFrancisco Ruiz Noguera.Francisco Ruiz Noguera. Simetra incompleta

    Isabel Salas.Isabel Salas. Campo de batalla

    Antonio G mezAntonio G mez YYebra.ebra. A la Condesa de Olivares que prepara miboda

    IlustracionesJos Bocanegra.Jos Bocanegra. pgina 2.

    Francisco Lpez.Francisco Lpez. pginas 19 y 25.

    Crist ina Consuegra.Crist ina Consuegra. pginas 22.

    Jos e J. Reina.Jos e J. Reina. pginas 28.

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    Para comprender la importancia de Ortega y Gasset en la historia de nuestra cultu-ra, debemos comenzar atenindonos a aquella mxima del filsofo madrileo que constituyeuna de sus afirmaciones fundamentales: "yo soy yo y mis circunstancias". Son justamenteesas circunstancias las que nos dan la medida de su grandeza. Pero unas circunstancias no

    seran fundamentales de no existir una simbiosis con el "yo" que las integra en la propia sus-tancia. Si pasamos por las circunstancias de uno forma tangente tan slo, como algo externoque limita o posibilita mi realidad personal, pero sin integrarme en ellas, ciertamente nosafectan, porque en ellas somos y existimos, pero las vemos como algo ajeno, las objetuamos,pero no nos vemos en ellas. Mas cuando, por el contrario, como ocurre en Ortega, las senti-mos como parte de nuestro propio yo, nos vemos precisados a afirmar como l que "si no lassalvo a ellas no me salvo yo tampoco". Esa conciencia de integracin decide una conductatica y poltica. La grandeza de una persona se mide en primer lugar por la generosidad dela respuesta, que a veces puede ser heroica, y por la oportunidad de la misma, que en losgenios se adelanta a su tiempo, y slo con el tiempo advertimos la genialidad de la respues-ta.

    Estas observaciones evitaran esas afirmaciones encontradas entre los orteguianos ylos antiorteguianos. Ortega ha sido admirado y elogiado hasta la hiprbole por unos y denos-tado y criticado por otros. No es un pensador actual, aunque gran parte su filosofa sigue sien-do nuestra filosofa, pero es un hito fundamental en la historia de la filosofa espaola, sin elque no sera inteligible la filosofa que va a seguirle. Situado en los arrabales del racionalis-mo, como epgono de una poca brillante de la filosofa, supo situarnos a la altura de su tiem-po, darse cuenta de la caducidad del racionalismo e intuir el camino que habra de conducirla historia de la filosofa hacia un nuevo paradigma.

    Situemos, pues, a Ortega en sus circunstancias. "Hacia el comienzo del siglo - diceMaran refirindose al XX - la pennsula era todava un inmenso pas de mendigos, denobles fanfarrones y de seudosabios discutidores y dogmticos". Sin embargo corren aires de

    renovacin. Como escribe Jos Mara Jver "entre 1875 y 1936 se extiende una verdaderaEdad de Plata de la cultura espaola, durante la cual la novela, la pintura, el ensayo, lamsica y la lrica peninsulares van a lograr una fuerza extraordinaria como expresin denuestra cultura nacional y un prestigio inaudito en los medios europeos" Se trata de un movi-miento renovador en el que participa tan slo una lite o minora de intelectuales al margende la gran masa. El mismo Ortega dedicar un sabroso estudio a la funcin de las minoras.l mismo era parte de esa minora de intelectuales inquietos.

    Podemos atribuir dos caracterstica definitorias de este perodo con respecto a lareflexin filosfica: 1.- La filosofa espaola se incorpora plenamente al ritmo europeo y a lascorrientes de pensamiento que le son contemporneas, conforme con el afn de europeizacinpreconizado por Joaqun Costa.. 2.- Se produce simultneamente una profundizacin en una

    doble corriente de vinculacin interna: histrica y social. Deca Unamuno que "el pensamien-to es una herencia que slo se dilapida si no se usa".La filosofa como conciencia de un pue-blo, despierta de su letargo e intenta infundir ideales utpicos para dinamizar el impulsovital de la nacin.

    O r t e g a h o y

    JJuanuan FFernandoernando OOrtegartega MMuozuoz

    Catedrtico Emrito de la Universidad de Mlaga

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    Zambrano distingue al respecto dos generaciones diferentes: la de los maestros y lageneracin que ella califica "del toro". En la primera la misin de los filsofos es esencialmen-te magistral y acadmica con aisladas incursiones a nivel popular. En la segunda los pensa-dores filsofos pretenden en primer lugar socializar el saber, pero adems se deciden a lanzar-se al ruedo, a coger el toro de lo social y lo poltico por los cuernos, siendo en gran medida vc-

    timas de su propia osada.Pero podemos hablar de una generacin previa de precursores, en donde situamos fun-

    damentalmente a Menndez y Pelayo y a Francisco Giner de los Rios. El primero nos enrazaen nuestra tradicin cultural, poniendo ante nuestros ojos un pasado intelectual y filosficoque tenamos olvidado. El segundo, como un nuevo Scrates, se dedica a preparar una litede intelectuales honestos dispuestos a dar la batalla por una restauracin pedaggica de la

    juventud dirigente. El fruto de esta tarea precursora ser esa generacin de maestros a quealude Zambrano. Recordemos cmo se encontraba la universidad espaola a mediados del XIXsegn el testimonio de Menndez y Pelayo: "En estudiar nadie pensaba La enseanza erauna pura farsa, un convenio tcito entre maestros y discpulos, fundado en la mutua ignoran-cia, dejadez y abandono casi criminal. Olvidadas las ciencias experimentales, aprendase fsi-

    ca sin ver una mquina ni un aparato. Si algo quedaba de lo antiguo era la indisciplina, el des-orden, los cohechos de las votaciones y de las oposiciones".

    El siglo XX comienza con un pensador excepcional, D. Miguel de Unamuno (1864-1937), un pensador de una vigorosa personalidad, que desde su "destierro filosfico-acadmi-co" hace filosofa desde su ctedra de griego de la universidad de Salamanca, una filosofa ag-nica, un pensamiento en efervescencia , aguijoneador de la cultura ablica y cesante.

    Frente a Unamuno, Ortega es el filsofo acadmico renovador, catedrtico de metaf-sica de la universidad de Madrid desde 1911. l fue el verdadero renovador de la filosofa aca-dmica de nuestro pas y "el gran maestro de nuevas generaciones", como le llama GuillermoFraile, maestro de maestros, l es el alma de la llamada "Escuela de Madrid" de filosofa, de

    la que forma parte una serie de profesores excepcionales como Garca Morente, Zarageta,Besteiro, Zubiri, Zambrano.

    Ellos eran ante todo maestros, profesores de filosofa. Quiz la crtica que hace de ellosMara Zambrano sea excesiva. "Para ellos - en palabras de la filsofa velea -se dira que todo era espectculo; estaban sentados, aunque no fueran a lostoros, siempre en la barrera, a salvo, viendo". Lo cierto es que cuando lanueva generacin joven, en la que se encontraba Mara Zambrano, acuden a

    l para que promueva y dirija un movimiento de accin poltica de renova-cin nacional, Ortega acepta ser mentor y orientador, pero no

    acepta la implicacin directa en poltica, pese a su doctrinaexpuesta en el Espectador, I, donde escribe: "La vida

    espaola nos obliga, queramos o no, a la accin poltica".l se sabia y reconoca como profesor, maestro, y le cos-taba trabajo abandonar su tribuna de docente. Lo cual no

    implica que se despreocupe del problema de Espaa, queestuvo siempre presente en sus preocupaciones fundamenta-

    les. "Veinticinco aos - escribe - de meditar sobre Espaa, bienestrujados, pueden gotear algunas observaciones estimables". Se

    senta un analista, un "meditador" y un docente. Y la verdad es queOrtega haba meditado y escrito, como pocos, sobre Espaa. Ah

    est, entre otros muchos escritos, su Espaa invertebrada. Lo cualno quita su accin poltica ocasionalmente. Fund la "Liga deEducacin Poltica Espaola", que present en su conferencia

    "Nueva y vieja poltica", el 23 de marzo de 1914. Se enfrent conla Dictadura de Primo de Rivera y propici la llegada de laRepblica con su clebre artculo "Delenda est monarchia", inclu-

    so durante la Repblica fund con un grupo de intelectuales la

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    "Agrupacin al servicio de la Repblica". Su paso por la accin poltica directa fue breve.

    l se senta profesor, maestro, y es aqu donde se encontraba a gusto. Sin embargo sudiscpula y admiradora Mara Zambrano le exiga que bajara de la ctedra a la accin polti-ca. "De vd - le escribe - me duele en lo ms profundo su tangencia en este momento Puede

    y debe vd. hacer ms, Sr. Ortega y Gasset; su misin con Espaa est ms all Si hay unaconciencia histrica nacional, para vd. puede exigirle mayores cosas, porque puede entre-gar ms, y, mientras se puede, se debe" Y abiertamente le critica su falta de militancia acti-va: "No se puede crear historia sintindose por encima de ella, desde el mirador de la razny en ello creo yo nos diferenciamos los de esta generacin de la de vd., si es que vamos a seralgo, en que nuestra alegra est en sentirnos instrumento y slo aspiramos a tener unamisin dentro de algo que nos envuelve: el momento histrico".

    Esta crtica a su maestro, no quita la admiracin que siempre sinti por l. Pero escurioso observar, sin embargo, que sus ms brillantes discpulos; Zubiri y Zambrano,. no for-man parte de lo que podramos llamar su "escuela"; ambos emprendieron derroteros filosfi-cos muy alejados de las enseanzas de Ortega. Querer encuadrar la filosofa de Zambrano o

    de Zubiri dentro del pensamiento de Ortega es una ingenuidad y una falta de conocimientode los hechos. Hoy Ortega es importante, ms que por su filosofa, por el testimonio y ejem-plo que nos dej como "maestro".

    Cuando ocurri su muerte (1955) Zambrano escribe un emotivo artculo en Insulaque titula "Don Jos", que era, como ella misma recuerda, como le llamaban sus discpulos.Ella siente la nostalgia de su ausencia: "hace tantos aos que no me ha sido dado encontrar-me con l ni por un momento". Y habla de l con ternura y a l se refiere como "don JosOrtega y Gasset, mi maestro". A la hora de hacer memoria de l, no recuerda su filosofa -"No me es posible hablar ahora acerca de su filosofa" - S recuerda su persona, "su esplen-dente personalidad". "En el horizonte que descubre la muerte y a su claridad, lo que se empie-za a hacer visible es la persona que se ha ido () como si la vida se diera cuenta de esa uni-

    dad que la muerte rescata; como si solamente desde ella, en ella, la persona "reabsorbe a suscircunstancias", por entero". Destaca de su magisterio sobre todo "la autenticidad": "la cohe-rencia perfecta entre su persona y su obra". Escribe: "Y cuando del pensamiento de un maes-tro en horas as, se vierte ese precipitado puramente tico, hasta parece sea sustancia, enton-ces el ser discpulo queda incorporado a la persona, inseparable de ella. Y es un extrao ali-mento, en forma de implacable exigencia".

    Y lo recuerda sobre todo como "maestro" y esto en dos aspectos: como docente y como"escuchante". En cuanto a la docencia escribe: "veamos fluir su pensamiento como unmanantial inagotable. El tiempo oyndole transcurra de otra manera, pues era como si seuniesen el pasado ms remoto y el futuro ms lejano; y nos haca sentir, mientras andbamosa su lado, que ramos dueos del tiempo, no por poseerle, sino por no espantarnos de l.

    Siempre tuve terror de la historia, hasta que le o. Y me pareca oyndole que al aceptar lahistoria fuese 'entrar en razn'".

    Pero adems don Jos tena el arte, definitorio del buen maestro, de saber escuchar.Zambrano escribe: "saba tambin escuchar. Como es sabido, las personas pueden caracte-rizarse segn en ellas predomine el ver y mirar o el oir y escuchar. Don Jos saba hacer lasdos cosas con igual perfeccin () saba crear el silencio de donde nace la palabra: le veoahora as, cuando se dispona a escuchar; se retiraba un poco como hacen los que escuchanmsica de verdad; echaba hacia atrs la cabeza y se replegaba sobre s, pero lejos de crearcon esta retirada un vaco, creaba un medio, un silencio fluido donde la palabra brotaba sinesfuerzo del interlocutor. Ningn balbuceo le pareca deleznable y cuando las palabras noalcanzaban la cumplida expresin, recoga su tono, su ritmo. Se dira que escuchaba la pala-

    bra que anhelaba nacer, la que palpita ciega en el silencio".

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    Atribuyen a X. Zubiri el dicho de que elcomienzo de la humanidad aconteci cuando elmanotazo se hizo manejo. El manejo supone la

    adecuacin de una actividad manual a fin preten-dido. El manejo no acontece por azar, sino que entodo manejo hay una intencionalidad, un condu-cir una accin determinada a una meta. El mano-tazo es el golpe dado a ciegas con la mano.Podemos, pues, afirmar que la humanizacintiene mucho que ver con el manejo. No erramosmucho si decimos que, desde el punto de vistaevolutivo, la humanidad aparece, cuando nosencontramos con huellas de acciones intenciona-das, que provienen del manejo, como puede ser eltallado de un bifaz.

    La tcnica, -palabra que hemos tomadodel griego, tchne-, podramos traducirla porarte. El Diccionario de la Real AcademiaEspaola en una de sus acepciones define a latcnica como "habilidad para ejecutar cualquiercosa", Vemos su conexin semntica con el mane-

    jo y, por tanto, con la ltima condicin de serhumano. Tiene, pues, razn Ortega y Gassetcuando comienza en su Meditacin de la tcnicaafirmando: "Sin la tcnica el hombre no existirani habra existido nunca".

    Sin embargo, cuando nos referimos al

    espritu de nuestra poca (Zeitgeist), decimos quenos encontramos en la era cientfico-tcnica, y aslo intuy Ortega ya en 1933 cuando afirmaba,que la tcnica es "hoy una de las mximas dimen-siones de nuestra vida, uno de los mayores ingre-dientes que integran nuestro destino. Hoy elhombre no vive en la naturaleza sino que estalojado en la sobrenaturaleza que ha creado enun nuevo da del Gnesis".

    Ortega y Gasset en su monografa sobrela tcnica, que constituye esencialmente la reela-boracin de sus apuntes personales de un curso

    desarrollado en la Universidad de Verano deSantander en el ao 1933, hace toda una fenome-nologa de la misma desde los orgenes de lahumanidad hasta el momento presente. ParaOrtega la tcnica supone una reaccin enrgica

    Reflexiones sobre la tcnica:Desde Ortega y Gasset a Hans Jonas

    IIgnaciognacio NNez deez de CCastroastro

    Catedrtico de Bioqumica y Biologa Molecular de la Universidad de Mlaga

    contra la naturaleza, de forma que se crea unasobrenaturaleza, un nuevo Gnesis, una nuevaforma de estar en el mundo. No es una adapta-

    cin del sujeto al medio, sino todo lo contrario,una adaptacin del medio al sujeto, de tal mane-ra que lo superfluo se ha hecho necesario. La tc-nica es un movimiento en direccin inversa atodos los biolgicos. En los aos posteriores alescrito de Ortega se ha discutido mucho sobre laprimaca entre la ciencia, como conocimiento sis-temtico de la realidad y la tcnica como posibili-dad de manejo de la misma realidad. Ortega nosaproxima a la solucin: "importa mucho subrayareste hecho de primer orden: que la maravillamxima de la mente humana, la ciencia fsica,

    nace en la tcnica. Galileo joven no est en laUniversidad, sino en los arsenales de Venecia,entre gras y cabrestantes. All se forma sumente".

    La ciencia de nuestros das, que tantoenorgullece a nuestra cultura contempornea, nopuede concebirse sino en simbiosis con la tcnica.No es posible hablar de una ciencia pura, bella,noble, neutra y desinteresada, cuyo nico fin es elconocimiento de la naturaleza. Tampoco es vlidala afirmacin de que la tcnica es la aplicacin delos conocimientos, de donde se deduce su ambiva-

    lencia. Ciertamente, la tcnica es ambivalente,puede ser fuente de liberacin de lo que tiene eltrabajo, tanto fsico como intelectual, de penoso,pero tambin la tcnica puede ser principio dealienacin como veremos despus. Hoy da loshombres y mujeres de ciencia no pueden actuaren soledad. Su trabajo profesional, ya no pertene-ce al otiun del sabio de siglos anteriores, sino queest integrado en una comunidad cientfica y enredes que actualmente sobrepasan los lmitesnacionales; se ha convertido en nec-otium. Laciencia proporciona los principios bsicos a la tc-

    nica. Sin el conocimiento de los semiconductoresno se podra haber llegado a la fabricacin de loschips. Igualmente, sin los conocimientos de laBiologa Molecular nunca se podra haber llegadoa los organismos transgnicos. La ciencia ilumi-

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    na a la tcnica. La tcnica proporciona los instru-mentos imprescindibles en la investigacin e inci-ta a la ciencia a abrir nuevos horizontes. Laindustria, por su parte, retroactiva a la tcnica yla tcnica fortalece a la industria enriqueciendo y

    automatizando las cadenas de produccin.Nuestra cultura est inmersa en este bucle inter-activo: ciencia-tcnica-sociedad.

    Ortega en su meditacin describe lamanera de ser de la tcnica en nuestros das;segn Ortega a lo largo de la historia es posibledistinguir: a) la tcnica primitiva, fruto de lainvencin al azar; b) la tcnica de los artesanos yc) la tcnica de los tcnicos. El primer periodo hasido un periodo corto, pues an en los tiempospaleolticos aparece enseguida el grupo artesanalen el que se comunica el arte aprendido de tallar

    y pulimentar los utensilios de piedra. El periodoartesanal es el ms dilatado; "es la tcnica de lavieja Grecia, es la tcnica de la Roma pre-impe-rial y de la Edad Media". La energa utilizada esenerga biolgica, la de la machina carnis, ya seahumana ya sea animal.Impresiona pensar quecon la energa mecnicaliberada en la contrac-cin muscular la huma-nidad ha levantado desdelas pirmides de Egipto

    hasta las agujas de nues-tras catedrales gticas.El artesano tiene unlargo periodo de aprendi-zaje, lo que aumenta laconciencia del coste delesfuerzo y tiempo inverti-do para lograr una habi-lidad; pero es en la arte-sana donde el ser huma-no sigue siendo, dira Ortega, el actor principal.El artesano es el tcnico y el faber, el obrero, es

    decir, invencin y ejecucin se encuentran unida-des en una sola accin.Por el contrario, en el tercer periodo, al

    que Ortega llama la tcnica de los tcnicos, hayuna separacin radical entre el tcnico y el queejecuta la accin. Es ms esa accin puede llevar-se a cabo con el simple movimiento de apretar unbotn. Esta manera de ser de la tcnica en nues-tro tiempo coloca al ser humano en una situacinque Ortega define como tragicmica. La tcnicaaparece como capacidad, en principio ilimitada,de satisfacer necesidades autnticas o ilusorias,

    lo que hace que los humanos nos sintamos vacos."De puro llena de posibilidades, la tcnica esmera forma hueca, es incapaz de determinar elcontenido de la vida. Por eso estos aos en quevivimos, los ms intensamente tcnicos que ha

    habido en la historia humana, son los ms vac-os". Hace cincuenta aos que falleci Ortega(1955) y no pudo conocer la segunda mitad delsiglo XX, tiempo en el que han tenido lugar lasgrandes revoluciones tcnicas de la Informtica y

    de la Biologa. Una vez ms llama la atencin lacapacidad intuitiva de Ortega que previ "conholgada anticipacin lo que iba ser problemaaos ms tarde". Se ha cumplido la profeca deOrtega de que los aos ms tcnicos son los msvacos. Todos nosotros, todos los das y a todas lashoras manejamos un sin fin de artefactos, desdeel automvil al ordenador, que dciles obedecen anuestros imperativos. Somos como pequeosprncipes de cuentos a los que una gran variedadde instrumentos, atentos a nuestras rdenes nosproducen una satisfaccin inmediata al conectar

    una llave o pulsar una tecla. No hay que ser unespecialista en psicologa profunda para intuirque esta manera de ser, de estar en el mundo yde comportarnos nos puede abocar a los humanosde nuestra generacin a una gran inmadurez o

    infantilismo colectivo, loque Ortega llam vacui-dad. Somos meros consu-midores de objetos naci-dos de la tcnica a losque consideramos nocomo el fruto de nuestro

    trabajo y de un esfuerzo,sino que los vemosestando ah para satisfa-cer nuestros impulsos; elcoche, los electrodoms-ticos y el ordenador for-man parte de nuestropaisaje domstico, sonparte de esa sobrenatu-raleza.

    Hans Jonas ha sido otro de los filsofosdel siglo XX que ha reflexionado sobre la tcnica.

    Su vida, nace en el ao 1905 y muere en 1993, esprcticamente coextensiva con el siglo. Ha estadopresente y ha vivido conscientemente los grandesacontecimientos del siglo y quiz como ningnpensador ha reflexionado sobre la vacuidad delhomo technicus frente al homo faber (el artesa-no), desde el llamado en su obra principio de res-ponsabilidad. Jonas en su tratado Tcnica, medi-cina y tica nos avisa que la tcnica "se ha con-vertido en un problema tanto central como apre-miante de toda la existencia humana sobre la tie-rra" y por lo tanto ha pasado a ser asunto de la

    Filosofa, puesto que la tcnica aparece dotada deatributos extremos como son: "la promesa utpi-ca y la amenaza apocalptica". Jonas nos hacecaer en la cuenta del que el tecnocosmos poseeuna dinmica por s mismo y llega a constituirse

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    e imponerse a nosotros con leyes internas demovimiento que le son propias. Jonas comoOrtega distingue la tcnica actual de todas lastcnicas anteriores. "La tcnica moderna es unaempresa y un proceso, mientras que la anterior

    era una posesin y un estado". Son caractersti-cas de esta dinmica del tecnocosmos en primerlugar la insatisfaccin, cada paso nuevo es unmotivo, para dar pasos en todas las direcciones.La rapidez y universalidad con que se difundenlas innovaciones tcnicas. Las nuevas tecnolog-as pueden inspirar, producir e incluso forzarnuevos objetivos antes insospechados simple-mente por medio de la oferta de nuevas posibili-dades. Pensemos en algo que nos parece ahoratan inmediato e imprescindible como el telfonomvil. El progreso ha dejado de ser un concepto

    valorativo para ser puramente descriptivo. Seda, pues, un proceso "en el que el movimientointerior de un sistema entregado a s mismo y noperturbado desde el exterior, conduce comonorma a estados siempre superiores y no inferio-res de s mismo". Jonas se pregunta por las cau-sas de este dinamismo interno propio del tecno-cosmos.

    El fenmeno es muy complejo, las fuer-zas motrices son muchas: la presin de la compe-tencia, la presin demogrfica, la presin poraumentar sostenidamente la calidad de vida, el

    alma fustica de nuestra cultura occidental y lasnecesidades de control que requieren los grandesestados. Todas estas concausas comparten,segn Jonas, la premisa de que puede haber unprogreso ilimitado, porque siempre hay algonuevo y mejor que encontrar, lo que el autor hallamado: "la infinitud virtual del progreso".

    En su discurso Jonas acude a la tica,puesto que la tcnica es un ejercicio de poderhumano y toda actuacin humana debe estarexpuesta a un examen moral. Sin embargo, exis-te una diferencia cualitativa en cuanto a la refle-

    xin tica de la tcnica. La posesin de una capa-cidad no tiene como consecuencia su uso inme-diato; las dotes lingsticas no imponen la nece-sidad de estar hablando continuamente. El tec-nocosmos se impone por una especie de incons-ciente colectivo. Es, dice Jonas, como el respirary poder respirar. "Toda aplicacin de una capaci-dad tcnica por parte de la sociedad (aqu el indi-viduo ya no cuenta) tiende a crecer hacia la granescala". En este momento Jonas llama a la res-ponsabilidad. "El punto de partida aqu es lainsercin de otras dimensiones, globales y futu-

    ras en nuestras decisiones cotidianas, mundano-prcticas, es una innovacin tica con la que latcnica nos ha cargado; y la categora tica queeste nuevo hecho saca a la palestra se llama res-ponsabilidad".

    El avance en el campo de laBiotecnologa ha sido uno de los que ms haimpacto la sensibilidad de Jonas. Para Jonas laBiologa Molecular no es solamente una posibili-dad terica, sino una posibilidad moral que

    puede llegar a la neutralizacin metafsica delser humano, puesto que nos encontramos caren-tes de preparacin para su uso responsable.Jonas se ha preguntado sinceramente sobre elpapel de la Filosofa ante el desafo de laBiotecnologa. La aceleracin de los ltimos aoses imparable. Nos encontramos a poco ms deuna dcada del fallecimiento de Jonas. En losltimos aos estamos asistiendo, en la era post-genmica, a la comercializacin de alimentostransgnicos, a la clonacin por transferencianuclear, a las posibilidades abiertas por la medi-

    cina regenerativa y a un largo etctera. En pocaspalabras, es necesario por lo imperioso de laBiotecnologa pensar en la nueva imagen del serhumano.

    Casi simultneamente a estas reflexio-nes de Hans Jonas apareci en el ao 1971 ellibro de Van Rensselaer Potter: La Biotica: unpuente para el futuro. En el prefacio del libroPotter afirmaba: "Hay dos culturas -ciencias yhumanidades- que parecen incapaces de hablar-se una a la otra y si sta es parte de la razn deque el futuro de la humanidad sea incierto,

    entonces podramos construir un 'puente hacia elfuturo' construyendo la disciplina Biotica comoun puente entre las dos culturas. (.). Los valo-res ticos no pueden separarse de los hechos bio-lgicos". La nueva palabra acuada por Potter, laBiotica ha tenido un xito sin precedentes. Hoyda son muy numerosos los Institutos de investi-gacin, maestras, conferencias, y revistas dedi-cadas a la Biotica, puesto que como ha afirma-do Daniel Callahan en la Enciclopedia deBiotica: "La Biotica entendida, en un sentidoms amplio, es un campo de conocimiento que se

    ha extendido y que en muchos campos ha cam-biado algunos enfoques del conocimiento muchoms antiguos. Se ha extendido hasta los lmitesdel Derecho y de las polticas de gobierno". Losgrandes problemas que tiene planteados lahumanidad son problemas bioticos nacidos engran parte de la hybris de la biotecnologa.Grandes pensadores de nuestro tiempo con hol-gada anticipacin han lanzado un grito de alar-ma, seremos capaces los seres humanos decomienzos del siglo XXI de prestar atencin asu llamada y poner, como dira Jonas, un freno

    extratecnolgico al galope tecnolgico.

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    El ao 2005ha sido declaradopor la AsambleaGeneral de lasNaciones Unidas el

    Ao Mundial de laFsica. Se ha hecho

    coincidir en el tiempo con la celebracin del cincuentenario de la muerte de Albert Einsteiny del centenario de su llamado "ao milagroso". Efectivamente, en 1905 Albert Einsteinpublic cinco artculos que pusieron las bases de tres campos fundamentales de la fsica: lateora de la relatividad, la mecnica cuntica, y la teora atmica y molecular. En el contex-to de esta celebracin, se ha recordado la visita que en 1923 Einstein hizo a Espaa. Este esel tema de una exposicin que durante este ao tiene lugar en la Residencia de Estudiantes,y tambin el de un documental que realizado por TVE. Durante dicha visita, Einstein dioconferencias en Madrid, Barcelona y Zaragoza; asisti a diversas recepciones, entre ellasuna dada en su honor por el rey Alfonso XIII; visit el monasterio de Poblet, el museo delPrado, El Escorial y Toledo; particip en reuniones de las Sociedades Espaolas deMatemticas y Fsica; se entrevist con cientficos espaoles como Ramn y Cajal, MiguelCataln, Esteban Terradas, Antonio Rocasolano, y Blas Cabrera. Tambin conoci a intelec-tuales espaoles como Ramn Gmez de la Serna, Po Baroja, Ramiro de Maeztu, Miguel deUnamuno y Jos Ortega y Gasset. En este artculo comentar brevemente el impacto que lavisita de Einstein produjo en Espaa y a continuacin har algunos comentarios sobre larelacin entre Einstein y Ortega. Para ello he consultado especialmente el libro de ThomasF. Glick "Einstein y los Espaoles",publicado en Alianza Universidad.

    La visita de Einstein, que fueseguida al detalle por la prensa, levan-t en la opinin pblica espaola todauna serie de confrontaciones, tantocientficas como polticas, sociales,religiosas y filosficas. En el aspectocientfico la teora de la relatividad yahaba sido introducida en nuestro pasfundamentalmente por EstebanTerradas, Blas Cabrera y Jos MaraPlans. Fue el fsico espaol de mayorprestigio internacional, Blas Cabrera,quien hizo la presentacin de Einsteinen la Real Academia de Ciencias. Porotra parte, fueron principalmenteingenieros y matemticos los que seinteresaron en Espaa por la teora dela relatividad. Los primeros, debido asu formacin matemtica, y los segun-dos, formados en el Seminario de JulioRey Pastor, por la relacin de la relati-

    Einstein en Espaay su relacin conOrtega y Gasset

    JJ .. CCarlosarlos CCriadoriado CCambnambnProfesor Titular de FsicaAplicada de la Universidad de Mlaga

    Einstein, con Ortega, en su visita a Toledo

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    vidad general con el llamado Clculo Diferencial Absoluto desarrollado por los italianosRicci y Levi-Civita. Sin embargo, al igual que con el resto de la fsica de la poca, no se puededecir que los cientficos espaoles contribuyeran significativamente al desarrollo de la teo-ra de la relatividad.

    Despus del eclipse solar de 1919, durante el cual se comprob la desviacin de losrayos luminosos al pasar cerca del Sol, segn haba sido predicho por Einstein en su teorade la relatividad general, ste se convirti, a los ojos de muchos, en el genio cientfico msimportante despus de Newton. Esto hizo que, aunque la inmensa mayora de la gente fueraincapaz de comprender la teora de la relatividad, todo el mundo intentara sacar provecho,incluidos polticos y filsofos. As por ejemplo, los anarquistas de la CNT admiraban aEinstein porque sus teoras simbolizaban, a sus ojos, el cambio que deseaban en poltica. Porsu parte, la izquierda espaola, a pesar del gran ndice de analfabetismo del pas, vea a laciencia como salvadora frente al conservadurismo catlico. El pacifismo de Einstein lo con-virti en un hroe frente a la clase trabajadora. Durante su estancia en Barcelona visit lasede de la CNT, donde conoci al anarcosindicalista ngel Pestaa. Esta visita fue posterior-mente manipulada, llegndose a afirmar que Einstein haba apoyado las tesis anarquistas,

    cuando en realidad l nunca se declar revolucionario, ni siquiera en cuestiones cientficas.Una muestra de la utilizacin poltica de la teora de la relatividad es el siguiente texto deun semanario sindicalista de la poca: "La ley de la relatividad fsica es indudablemente laavanzada de la ley de la relatividad moral, en la cual como anarquistas, nos apoyamos paraderrocar a los que, como muy bien ha especificado Einstein tienen ms de estpidos...", ter-giversando la respuesta a una pregunta que le hicieron sobre la represin en la que afirmque sta se deba ms a la estupidez que a la maldad, y animaba a los trabajadores a leer aSpinoza. Tambin los nacionalistas catalanes intentaron asociar a Einstein con su causa.Los intelectuales de derechas no fueron menos y pretendieron presentar a Einstein comoconservador y religioso. Este no fue el caso en general de la prensa religiosa que se manifes-t contraria a la teora de la relatividad.

    En cuanto a la recepcin de la teora de la relatividad por parte de los filsofos qui-zs lo ms notorio fue la opinin de Ortega y Gasset. Ortega era cuatro aos ms joven queEinstein y muri el mismo ao que ste, en 1955, por lo que este ao se conmemora tambinel cincuentenario de su muerte. Ortega fue el encargado de presentar a Einstein en la con-ferencia que dio el 9 de marzo en Madrid en la Residencia de Estudiantes, en la que hizotambin de intrprete, pues Einstein dio su conferencia en alemn. Al da siguiente,Einstein y su mujer visitaron Toledo. En esta visita les acompaaron Ortega y ManuelCossio. En su diario Einstein anot: "Viaje a Toledo. Uno de los das ms hermosos de mivida....".

    Diez aos despus de esta visita, en 1933, el gobierno espaol ofreci a Einstein unactedra en la Universidad Central de Madrid, que en principio fue aceptada por Einstein,

    aunque despus no lleg a hacerse realidad debido, entre otras razones, a la inestabilidadpoltica del pas.

    Ortega no fue el nico filsofo espaol interesado en la teora de la relatividad. Conanterioridad a la visita de Einstein, en 1921, Garca Morente haba dado dos conferenciassobre relatividad en la Residencia de Estudiantes, y haba realizado la traduccin de unlibro que divulgaba la misma, para el que escribi apndices, en los cuales mostraba tenerconocimientos matemticos. Otro filsofo interesado en la relatividad fue Xavier Zubiri, elcual haba estudiado fsica y matemticas y frecuentaba el Seminario Matemtico de ReyPastor. Como consecuencia de una entrevista que tuvo con Einstein en Berln en 1930, atri-buy a Einstein una cierta religiosidad, al parecer basndose en su interpretacin de lafamosa frase: "Dios no juega a los dados". Otro filsofo con cierta formacin cientfica que

    defendi, en 1920, la teora de la relatividad fue Ramiro Ledesma Ramos, ms tarde cono-cido por haber pasado a formar parte del movimiento fascista. Eugenio d'Ors y Miguel deUnamuno tambin hicieron algunos comentarios a la relatividad, pero su falta de prepara-cin cientfica, quita cualquier tipo de valor a los mismos.

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    Ortega por su parte tampoco tena mucho contacto con fsicos y matemticos, aunqueBlas Cabrera era miembro de su tertulia. Por ello sus comentarios se refieren esencialmentea la teora de la relatividad especial, cuyo contenido matemtico es ms elemental.

    La principal contribucin de Ortega relacionada con la relatividad corresponde al

    ensayo que public en 1922, titulado: "El sentido histrico de la teora de Einstein". En elmismo, ante la dificultad que encuentra para su comprensin cientfica, opta por analizar suspeculiaridades a travs de "ciertas tendencias especficas en el alma que la ha creado". As, elensayo comienza con el siguiente prrafo: "La teora de la relatividad, el hecho intelectual dems rango que el presente puede ostentar, es una teora, y, por tanto, cabe discutir si es ver-dadera o errnea. Pero, aparte de su verdad o su error, una teora es un cuerpo de pensamien-tos, que nace en un alma, en un espritu, en una conciencia, lo mismo que el fruto en el rbol.

    Ahora bien, un fruto nuevo indica una especie vegetal nueva que aparece en la flora. Podemos,pues, estudiar aquella teora con la misma intencin que el botnico cuando describe una plan-ta: prescindiendo de si el fruto es saludable o nocivo, verdadero o errneo, atentos exclusiva-mente a filiar la nueva especie, el nuevo tipo de ser viviente que en l sorprendemos. Este an-lisis nos descubrir el sentido histrico de la teora de la relatividad, lo que sta es como fen-

    meno histrico."Ortega cree que la relatividad apoya cientficamente su teora del "perspectivismo" de

    1916. Para l "La perspectiva es el orden y la forma que la realidad toma para el que la con-templa. Si vara el lugar que el contemplador ocupa, vara tambin la perspectiva". En esteensayo comienza distinguiendo entre el relativismo de Galileo y Newton y el de Einstein. Deeste ltimo dice que es absoluto, debido a que considera que las leyes de la fsica son igualesen todos los sistemas de referencia. Pero este principio es esencialmente el mismo para Galileoque para Einstein, con la nica diferencia de que en la poca de Galileo y Newton, las leyes dela fsica eran fundamentalmente las de la mecnica, mientras que en la de Einsten se tenanadems las del electromagnetismo. Ortega yerra en esto y en todas las consideraciones fsicasque hace sobre la teora de la relatividad. As por ejemplo afirma que "Galileo y Newton hicie-

    ron euclidiano el universo simplemente porque la razn lo dictaba as", mientras que Einsteinescoge geometras no euclidianas porque stas se adecuan mejor a las observaciones. La situa-cin es completamente la opuesta. Cuando Einstein propuso, en 1916, una geometra no eucli-diana para describir la gravitacin, no exista ninguna observacin ni experimento que avala-sen su propuesta; fue justamente un acto puro de la razn. Lo contrario que ocurri con Galileoy Newton, en cuanto que todas las observaciones y experiencias avalaban que el espacio fsi-co era euclidiano. En este ensayo, Ortega se muestra un tanto diletante; valga de ejemplo elsiguiente prrafo: "La teora de Einstein es una maravillosa justificacin de la multiplicidadarmnica de todos los puntos de vista. Amplese esta idea a lo moral y a lo esttico y se tendruna nueva manera de sentir la historia y la vida". Definitivamente la teora de la relatividadno tiene nada que ver con su teora del perspectivismo, de la misma manera que la teora dela relatividad no tiene nada que ver con el relativismo filosfico. De hecho el nombre de teora

    de la relatividad fue accidental, y el propio Einstein lo consider muy equvoco, ya que su teo-ra estaba basada en un postulado absoluto: la constancia de la velocidad de la luz para todoslos sistemas de referencia.

    Otra contribucin de Ortega relacionada con la relatividad es la conferencia que dio enla Residencia de Estudiantes, con motivo de la presentacin de la conferencia que Einstein ibaa dar en la misma. En ella, despus de una reflexin sobre el papel de la ciencia en la culturaoccidental, vuelve a insistir en lo que l considera el carcter emprico de la teora de Einstein,que ya comentamos anteriormente.

    Por su parte, Einstein, a pesar del inters que siempre manifest por la filosofa, tuvocuidado de puntualizar que la teora de la relatividad por s misma no constitua ninguna filo-

    sofa.En mi opinin, las consideraciones de Ortega respecto a la relatividad carecen de valor

    alguno, debido a que intentaba sacar conclusiones filosficas de una teora que no comprenda.Esto ha ocurrido en numerosas ocasiones en las que se ha intentado sacar conclusiones filos-

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    ficas, sociolgicas o polticas de teoras fsicas. Un hecho reciente relacionado con esto, es elengao acadmico realizado en 1994 por el fsico Alan Sokal. ste envi a la revista de estu-dios culturales "Social Text" un falso artculo y, tras ser publicado, revel que dicho artcu-lo estaba construido de forma intencionada con sinsentidos. Su objetivo eran intelectualesfranceses (Roland Barthes, Jacques Lacan, Michel Foucault y Jacques Derrida entre ellos),

    a los cuales citaba y parodiaba, pretendiendo mostrar con ello que stos utilizaban argu-mentos de la fsica y de las matemticas modernas que claramente no comprendan. El fsi-co Steven Weinberg, premio Nobel en 1979, trata tambin sobre este tema en su recientelibro "Plantar cara. La ciencia y sus adversarios culturales", donde llega a afirmar: "Los quebuscan mensajes extra cientficos en lo que creen que entienden de la fsica moderna estnescarbando en manantiales secos. Bajo mi punto de vista, con dos grandes excepciones, losresultados de la investigacin en fsica no tienen implicaciones legtimas, ya sea para la cul-tura, la poltica o la filosofa. La primera de mis dos excepciones a esta afirmacin es juris-diccional: los descubrimientos en la ciencia revelan a veces que las cuestiones como la mate-ria, el espacio y el tiempo, que se han credo temas apropiados para la argumentacin filo-sfica, pertenecen realmente a la provincia de la ciencia ordinaria. La otra excepcin, es elprofundo efecto cultural del descubrimiento, de que la naturaleza est estrictamente gober-nada por leyes matemticas impersonales. Desde luego todava nos queda por obtener lasleyes correctas y comprender su mbito de validez; pero en lo que concierne a la cultura ya la filosofa la diferencia entre la teora de la gravedad de Newton y la de Einstein o entrela mecnica clsica y la cuntica no es tangible." Esta opinin, aunque pueda parecer unpoco radical, nos muestra la fisura que actualmente existe entre la ciencia y algunas regio-nes de la llamada cultura humanstica. No obstante, como hemos visto aqu, esta fisura yaestaba presente en la poca en que Einstein visit Espaa.

    Para finalizar, quisiera comentar que los elogios de Ortega hacia Einstein se torna-ron en crticas cuando, en 1937, con motivo del mensaje de apoyo a la Repblica, enviadopor Einstein al Congreso Internacional de Escritores celebrado en Espaa, Ortega escribi:"Hace unos das, Alberto Einstein se ha credo con "derecho" a opinar sobre la guerra civil

    espaola y tomar posicin ante ella. Ahorabien, Alberto Einstein usufructa una igno-rancia radical sobre lo que ha pasado enEspaa ahora, hace siglos y siempre. Elespritu que le lleva a esa insolente inter-vencin es el mismo que desde hace muchotiempo viene causando el desprestigio delhombre intelectual, el cual, a su vez, haceque el mundo vaya hoy a la deriva, falto de"pouvoir spirituel"". Un ao despus,Einstein envi una peticin al Gobierno deEstados Unidos para que levantara elembargo de armas contra la Repblica, yfue sta una de las causas que le llevaron aser investigado por el famoso Comit de

    Actividades Antiamericanas.

    Einstein en su visita a Esplugas de Francoli

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    La conocida obra de Jos Ortega yGasset sobre la misin de la Universidadapareci por primera vez en 1930. Paraescribirla -segn expone en el prlogo-tom como base la conferencia que impar-ti con anterioridad a instancias de laFederacin Universitaria Escolar (FUE).La obra constituye desde entonces todo unclsico en la bibliografa sobre las univer-sidades y en general sus ideas -quizs por

    obvias- han sido admitidas sin apenas discusin. Sin embargo, en los ltimos setenta y cincoaos las universidades occidentales en general y las espaolas en particular han cambiado sus-

    tancialmente, por lo que algunas de las conclusiones orteguianas deben ser analizadas en sudevenir histrico para evaluar su validez actual.

    En el momento de escribir Ortega su ensayo, las universidades espaolas seguan todasel patrn centralista y uniformizador que arranca de la ley Pidal de 1845 y la ley Moyano de1857, aunque desde esas lejanas fechas se haban dado numerosas disposiciones administrati-vas que no alteraron sustancialmente la estructura. En 1930 slo la Universidad Central deMadrid poda considerarse completa, ya que era la nica donde era posible obtener el doctora-do (situacin que perdurara, lamentablemente, hasta mediados de los aos cincuenta). Porotra parte, la enseanza tcnica (ingenieros, arquitectos, peritos) se daba en escuelas especia-les -algo que arrancaba de 1850-, al margen de la Universidad, lo que tambin ocurra enFrancia y en Alemania. Por eso Ortega habla en su obra de la ciencia, pero no menciona a la

    tcnica. Esta situacin comenz a cambiar en Espaa a partir de la ley de Villar Palas de 1970,en la que las escuelas tcnicas, an conservando sus caractersticas especficas, quedaron inte-gradas dentro de las universidades tradicionales, con las excepciones de las llamadasUniversidades Politcnicas de Madrid, Barcelona y Valencia.

    Las misiones que, segn Ortega, tiene la Universidad son tres: la enseanza para laformacin de profesionales, la investigacin (cientfica y humanstica) y la difusin de la cultu-ra. Ortega, catedrtico de Filosofa, hace especial hincapi sobre la faceta cultural, a la quesubliminalmente considera la ms importante. Cree que la organizacin de las universidadesdebe girar en torno a las necesidades de los estudiantes, debe adaptarse a ellos. La investiga-cin en los centros univbersitarios no parece entusiasmarle en demasa, afirma que la vocacinpara la ciencia es especialsima e infrecuente, cuando en realidad el trabajo cientfico es algo

    no muy diferente de otros trabajos intelectuales, con la salvedad de que requiere inteligencia ypaciencia en grandes dosis. Su idea es que la enseanza universitaria y an el ejercicio profe-sional de una titulacin no deben mezclarse con la actividad de los cientficos, afirmacin quehoy resulta difcil de defender, porque la actividad cientfica (en forma de tesis, tesinas y pro-

    La "Misin de

    la Universidad"de Ortega yGasset setentay cinco aosdespus

    JJ ososMManuelanuelCCanoanoPPavnavn

    Catedrtico de QumicaAnaltica de laUniversidad de Mlaga

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    yectos) incrementa notoriamente la formacin de los alumnos, la hace ms especializada.Adems, el caudal de conocimientos cientficos (unos dos millones de artculos aparecen cadaao en las revistas) es tan grande que un profesional, si no est en contacto de alguna maneracon el mundo de la investigacin, quedar muy pronto anticuado. Hoy, por ejemplo, no se puedeseparar, como afirma Ortega un poco a la ligera, la actividad de un mdico asistencial con la de

    un mdico cientfico, y afortunadamente desde hace algunos aos la investigacin cientfico-cl-nica se est imponiendo en los hospitales como algo vinculado con la labor puramente rutina-ria -pero importantsima, como es obvio- de asistencia a los enfermos.

    No obstante, y centrndonos en el campo universitario, quizs se haya en los ltimostiempos hipertrofiado la investigacin en detrimento de la docencia, y en este hecho ha tenidouna responsabilidad importante en Espaa la ley Maravall de 1983. Ortega ya percibi esteproblema, cuando afirmaba que muchos investigadores (universitarios) sienten la enseanzacomo un robo de horas hecho a su labor de laboratorio o de archivo, y por eso propone que nodecidir en la eleccin del profesorado el rango que como investigador posea el candidato, sinosu talento sinttico y sus dotes de profesor, algo difcil de evaluar en concursos y oposiciones,pero que es una idea que se est abriendo paso de nuevo con ciertas dificultades, porque el

    curriculum como investigador de los candidatos a ocupar las plazas sigue pesando en la actua-cin de los tribunales y comisiones. Y dentro del curriculum investigador se valora especial-mente el nmero de las publicaciones y los ndices de impactos de las revistas donde se hanpublicado, lo que ha dado lugar al desarrollo imparable del papering, o sea, el investigar parapublicar, independientemente de la utilidad del trabajo o de su aportacin objetiva al conoci-miento cientfico.

    La faceta cultural es la que ms se ha resentido con el paso del tiempo. Aunque en casitodas las universidades hay un Vicerrectorado de Extensin Universitaria destinados a la cul-tura, su peso e influencia frente a los destinados a la enseanza y a la investigacin suele serescasos. Estos vicerrectorados organizan conferencias, exposiciones, algn que otro concierto ypoco ms. Sin embargo, el hecho de que en gran nmero de universidades -principalmente

    pblicas- funcionen servicios de publicaciones para editar libros que normalmente no tendrancabida en las todopoderosas editoriales comerciales, puede considerarse como algo muy positi-vo de cara a la difusin de la cultura.

    En consecuencia, de todo lo dicho, y con las lgicas cautelas, parece desprenderse quegran parte de las ideas que expuso Ortega en 1930 siguen siendo vlidas. La formacin de losprofesionales, la investigacin y la difusin de la cultura son tres pilares inamovibles, aunquea ellos se hayan aadido otros (intercambios de alumnos y profesores con universidades extran-

    jeras, gestin del empleo de los titulados, contratos con empresas, intervencin en el campo delas residencias universitarias, etc). Lo que s ha variado notoriamente es el peso especfico decada uno de los tres; se ha producido un fuerte desarrollo de la investigacin universitaria endetrimento de los aspectos puramente docentes, y las actividades de divulgacin cultural han

    quedado como algo complementario. No parece que las cosas vayan a seguir un camino distin-to en los prximos aos. La investigacin es la estrella de las universidades pblicas (en las pri-vadas, en general, es casi inexistente) y dentro de ella el publicar en revistas de gran impactoes lo ms apetecible. Este incremento de la investigacin universitaria se ha producido a pesarde la existencia en casi todos los pases occidentales de organismos oficiales de investigacin(CSIC en Espaa, CNRS en Francia, etc). En cuanto a la actividad cultural debera quizsdiversificarse, buscando las universidades colaboraciones con distintos organismos creadospara este fin (asociaciones, ateneos, fundaciones de entidades de ahorro, academias) para uni-ficar recursos y captar a pblicos ms amplios. Hoy por hoy los estudiantes estn demasiadoabsorbidos por la enseanza a consecuencia del incremento de la carga docente y tambin -justoes decirlo- por el incierto futuro laboral, y el tiempo que pueden dedicar a estas actividades cul-turales es prcticamente nulo. Otro factor que influye en el alejamiento cultural de los estu-

    diantes es el hecho de que por Internet se puede conseguir rpidamente ms informacin queasistiendo a una conferencia. Estos nuevos hechos no pudo preverlos Ortega en 1930, pero hayque convenir que en cuanto a la misin universitaria, sus postulados, con las matizacionesimpuestas por la evolucin histrica, siguen siendo perfectamente asumibles en la actualidad.

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    -Jos Ortega y Gasset, "Ideas sobre Po Baroja"-

    ARGUMENTO I

    S, otra vez Ortega, otra vez la novela. Nuevamente. El arte de novelar nuevamen-te. Con acierto reconoce Ortega que el nombre "novela" le viene a este arte precisamente desu capacidad de formular lo nuevo, el novum, lo del da y la hora presentes. Un arte radi-calmente, esencialmente contemporneo es la novela, y as la entiende con lucidez Ortega.

    Y no slo eso: un arte que por definicin, como otras artes, ha de aspirar a la renovacinconstante tanto como a la innovacin. En lo formal y tambin en el contenido. La novedadde los temas slo le parece a Ortega posible a partir de un dilogo renovado con el mundo.No es de extraar, por tanto, que si la novela es el arte de la novedad tal novedad se con-quiste introduciendo en la novela todo aquello que es nuevo, esto es, cuya aparicin o pre-sencia no slo sea indita sino desapercibida o desconocida hasta entonces. Como conse-cuencia de ello, es inevitable considerar la impopularidad de lo nuevo, el rechazo que habrde suscitar cada vez que se hace visible la novedad en la plaza pblica, dominada por lasrepresentaciones de lo viejo. Y es que el mundo y la novela creativa que responde a los cre-cientes desafos de ste suelen correr ms deprisa que las categoras mentales, ms bienrutinarias o convencionales, con que los hombres y las mujeres son capaces de entender suincierto papel en uno (vital y tico) y su exigente participacin en la otra (esttica, afectivay cognitiva). En las diversas reflexiones y comentarios que dedicara al gnero polimorfo ymutante de la novela, Ortega sancion su necesaria vinculacin al devenir del mundo y lavida y su consiguiente necesidad de renovacin de su instrumental lingstico y artstico afin de no recaer en los estereotipos consagrados por el romanticismo y el realismo decimo-nnicos, tan denostados por el filsofo.

    Es verdad que, hasta cierto punto, filosofa y novela pueden parecer una parejaextravagante y excntrica, pero es an ms cierto que el pensamiento de Ortega estaba per-fectamente capacitado, quiz por la menor incidencia de la lgica y la metafsica ms abs-trusa en sus conceptos, de aproximarse a este gnero promiscuo y vivaz sin las anteojeras

    JJ uanuan FFranciscorancisco FFerrerr

    "Una tendence nouvelles perceptions me hace exigir detodo hombre y de todo libro que sea algo nuevo para m y

    muy otro que yo".

    ORTEGA Y ELARTE DENOVELAR NUEVAMENTE

    Escritor

    Algunas consideraciones intempestivassobre el presente cultural

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    de otros sesudos colegas de especialidad. Su condicin de pensador abierto a cualquier faceta dela experiencia humana, el centro de todas sus reflexiones y meditaciones, lo llevara sin vacilara enfrentarse a esta forma narrativa moderna ligada necesariamente a la evolucin y desarro-llo histrico de la vida social entendida en toda su amplitud (relaciones, costumbres, institucio-nes, ciencia, tcnica, creencias, moral, economa, poltica, etc.).

    Sin embargo, el problema bsico con el que tropez Ortega, absolutamente ajeno a sutrabajo y comn a cualquier forma de pensamiento libre, fue el del pas y la cultura que susreflexiones tuvieron como escenario principal. Y curiosamente se sigue siendo el problema decualquiera que en estas castizas tierras, habitadas por gentes tan tradicionales o chapadas a laantigua, se enfrente a las mismas cuestiones que l se enfrentara sin temor a la crtica o lareprobacin. A pesar de todo lo acontecido en las ltimas dcadas en nuestro entorno, casi nadaparece haber cambiado en el panorama literario espaol desde que Ortega formul este diag-nstico penetrante como pocos: "Por un mecanismo reaccionario que acostumbra a movernos entodos los rdenes de la culturatendemos a inscribir la obra nueva dentro del crculo de lasobras viejas. Es verdaderamente perverso el placer que siente un espaol cuando encuentraalgo de hoy hecho enteramente con lo de ayer. Eso de que hoy no sea hoy, sino ayer, nos produ-

    ce un frenes de entusiasmo. En cambio, no podemos tolerar la petulancia que muestran algu-nas cosas al pretender ser nuevas, distintas y hasta ahora no sidas. La innovacin, el gesto cre-ador, ese ademn con que se suscita algo nuevo sobre el haz del mundo nos parece casi, casi ungesto indecente, incompatible con la dignidad nacional".

    EXCURSO I

    La extensin de la cita anterior se justifica por la decisiva importancia que tendra toda-va en el anlisis de la sincrona literaria espaola, donde el mismo sndrome de celebrar lo deayer revestido de la falsa novedad que le confiere el haber sido fabricado hoy mismo sigue domi-nando no ya el gusto de la crtica ms o menos oficial sino el del pblico mayoritario. Lo queOrtega no pudo prever fue que el poder del mercado y sus instituciones econmicas e instancias

    asociadas iban a desprestigiar la idea de novedad en su sentido radical e iban a acomodarse aun gusto mayoritario tendente al filistesmo y lo convencional, un gusto hegemnico y despti-co entregado slo al aplauso de la obra reiterativa y estticamente mediocre, reducida a nove-dad de temporada o abaratada mercanca de tendencias. Tratar de achacar esta visin crticade Ortega a un elitismo desfasado es tan necio y malintencionado como pretender atribuirle alconjunto de la produccin cultural el marchamo de democrtica slo por su origen histrico oalto grado de aceptacin popular.

    Deberamos asumir de una vez por todas que la condicin minoritaria que la mejornovela (por no hablar de otras artes igualmente amenazadas de adocenamiento como el cine) hatenido y tendr siempre no es un demrito o una falla de sus ambiciones sino una necesidadintelectual y esttica, y que slo a los demagogos de la poltica, la economa, la comunicacin y

    el periodismo, garantes de una ideologa populista que es la dominante en todos los crculos delpoder, podra molestar la idea de que las obras ms creativas e innovadoras (equivalentes de losms avanzados experimentos cientficos practicados en laboratorios punteros) no reciban el fes-tejo inmediato de las listas de ventas y las fraudulentas recompensas de los premios.

    Seamos sinceros, como Ortega pretenda ser sin concesiones, de un modo contundenteaprendido del intempestivo Baroja: Cmo puede, en una situacin tan controlada y mediatiza-da como la nuestra, surgir la novedad esttica? Quin estara dispuesto a reconocerla y cele-brarla como tal? El crtico, al servicio de uno u otro grupo de presin meditico, medroso antela posibilidad de la crtica ajena a su actitud desafiante hacia el orden normalizado imperante,o, an peor, con la amenaza de perder su inocuo prestigio, su puesto de trabajo o ver disminui-da su remuneracin mensual? El profesor, encerrado en los mecanismos cortesanos de su pro-

    mocin acadmica, slo atento a las maniobras que le habran de permitir prosperar en un sis-tema universitario tan estril y endgamo como el espaol, totalmente desvinculado de lasideas ms renovadoras? El pblico, perdido en la infinitud cuantitativa de las novedades edi-toriales, la publicidad insistente y la obscena propaganda del procedimiento as llamado "bocaa oreja" como nica garanta de satisfacer sus necesidades de distraccin? Los escritores,muchos de ellos parsitos acogidos a un sistema cultural que termina recompensando su doci-

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    lidad y paciencia, sumiso acomodo a los dictados del da?...

    ARGUMENTO II

    Las reflexiones de Ortega sobre la novela aparecieron en el momento de crisis del

    modernismo, cuando la herencia decimonnica se desmoronaba y el modernismo deDostievski y Proust, Joyce y Unamuno, etc., haba dado ya muchos de sus mejores frutos y sualejamiento del gusto medio progresivamente normalizado se volva cada vez ms problem-tico e impopular.

    El problema con la idea que se haca Ortega de lo que era o deba ser una novela(gnero narrativo quiz poco adecuado para la comprensin de un filsofo: tampoco Hegel oNietzsche dieron pruebas de una configuracin ideolgica pertinente en sus distintas referen-cias a la novela, con lo que Ortega tampoco diferira tanto de otros filsofos en sus errores omalas apreciaciones) comienza con la relacin de sus lecturas, el canon novelstico que mani-pula a fin de encajarlo en sus preconcebidas categoras. Por decirlo con una frmula matem-tica simple: una mala lectura del Quijote ms un muestreo selectivo pero limitado de nove-

    las decimonnicas ms un conocimiento relativo de otras tradiciones narrativas anteriores ocoetneas, menos un desconocimiento total de las variantes ms heterodoxas e irreverentesdel gnero, dan como resultado una teora narrativa que se compadece bien con los criteriosnormativos ms filisteos del mercado y un sector dominante de la crtica oficial. La confesinde modestia que abre su reflexin ms sistemtica sobre la cuestin ("aunque soy bastanteindocto en materia de novelas", Ideas sobre la novela, de 1925) y el aparente vaco terico quese propone rellenar con sus "meditaciones" no obsta para considerar altamente preocupantela coincidencia de sus postulados con la de una crtica acadmica que ha juzgado de mododogmtico las posibilidades liberadoras del gnero a lo largo de la historia.

    Para comprender mejor las bases de mi crtica, he aqu un sumario precipitado delideario orteguiano, de impronta aristotlica, sobre la novela: decadencia del gnero por ago-

    tamiento y al mismo tiempo predominio esttico de la forma sobre el contenido; afirmacindel carcter cotidiano de la representacin novelstica y rechazo a sus componentes mgicos,maravillosos, fantsticos o inverosmiles; consideracin de la trama como "necesidad psicol-gica" de la novela; condicin intrnsecamente "realista" del arte novelesco; rechazo a cual-quier modo de "metaficcin", esto es, a cualquier propsito de mostrar el artificio narrativo,su percepcin "como tal novela", que se vea "el teln de boca o las tablas del escenario"; etc.

    No cabe duda de que gran parte de los desarrollos novelsticos ms renovadores delsiglo veinte se ven anatematizados de antemano por los juicios parciales de Ortega. stoscondenaran por igual a la incomprensin o el silencio a concepciones contradictorias y abso-lutamente vigentes de la novela como el mejor nouveau roman (Claude Simon, Michel Butoro Alain Robbe Grillet), el realismo fantstico o maravilloso (Cortzar, Fuentes, Garca

    Mrquez, Arreola), los "artificios" y "ficciones" de Borges y Nabokov y su descendencia semi-nal en el postmodernismo norteamericano (Pynchon, Coover, Barth, Barthelme) o europeo(Calvino, Alasdair Gray, Manganelli), la metaliteratura de Flann OBrien, el neobarroco lati-noamericano (Lezama, Cabrera Infante, Sarduy) o la nueva novela espaola de los sesenta ysetenta (Luis Martn Santos, Juan Goytisolo, Julin Ros), etc.

    Por no hablar de las ltimas dcadas, donde la novela ha seguido expandiendo susformas y contenidos hasta producir supernovas narrativas en todas las lenguas existentes dela categora del Diccionario Jzaro, de Milorad Pavic, La broma infinita, de David FosterWallace, Babylon Babies, de Maurice G. Dantec, House of Leaves, de Mark Z. Danielevski, oMantra, de Rodrigo Fresn, entre otras obras innovadoras que habran recibido la mismaortodoxa reprobacin de Ortega y sus numerosos seguidores inconscientes, convencidos de

    que el gnero fij su verdadera identidad en el siglo diecinueve y todos sus avatares posterio-res son slo productos o subproductos degenerativos.

    Antes bien, a pesar del descrdito crtico y el desprestigio intelectual que padece lanovela, habra que empezar a sacudirse los complejos culturales y comenzar a considerar a

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    los artefactos ms representativos de este gnero rabiosamente contemporneo (frente a las for-mas agotadas de la poesa y el ensayo, centrados en la periclitada subjetividad del yo lrico y laracionalidad monolgica del yo discusivo) como paradigmas de los modos postmodernos de pro-cesar la ingente informacin acumulada en las bases de datos de la realidad y concebir la subje-tividad como multiplicidad en constante metamorfosis.

    EXCURSO II

    No todo es invlido o errado en Ortega, es evidente, pero para conocer lo peor de su pen-samiento sobre el arte y la novela le basta a cualquier lector inteligente con recurrir a las opi-niones y comentarios de su discpulo Julin Maras, que es quien ms dao ha hecho a su maes-tro reconocido al domesticarlo al modo espaol y cristiano y privarlo as de su aspecto ms crti-co e intempestivo (la relectura de ciertos comentarios de Ortega al espritu indomable que habi-ta en las novelas de Baroja, o su defensa de un arte para los artistas, un arte artstico, permiti-ra comprobar que existe una lectura posible y fructfera de Nietszche por Ortega, un "gay saber"orteguiano aplicado al mbito de la creacin y la sensibilidad que parecera haber cado en el

    olvido por culpa de sus continuadores ms pacatos).

    Tampoco es casualidad, volviendo a lo actual, que el discpulo del filsofo tenga un hijonovelista cuyo mayor mrito ha consistido en adoptar para sus novelas el estilo narrativo deHenry James con casi un siglo de distancia, como si de una gran aportacin esttica y no de unsubterfugio artstico se tratara. Otra vez la confusin del ayer y el hoy que tanto rendimiento daa la mayora de los novelistas convencionales en ejercicio y no digamos a los editores, ms vena-les que nunca. Desde luego, esto no constituira una novedad en el sentido en que Ortega recla-maba para el arte y la novela. Esa novedad que slo la novela produce como efecto esttico trassu lectura participativa ("No se olvide que es siempre la lectura una colaboracin"), Ortega laexpres en trminos propios del exuberante estilo del mejor Nietzsche, el pensador del devenir,en comentarios como ste sobre el arte de novelar y su influencia sobre la vida: "Sublime, benig-

    no poder que multiplica nuestra existencia, que nos liberta y pluraliza, que nos enriquece congenerosas transmigraciones!".

    Por otra parte, no nos engaemos, como insista Ortega, "la creencia dogmtica y fan-tica en los tpicos dominantes ser siempre duea de la sociedad". La red que envuelve las ideassobre la realidad es la misma que vuelve invisibles ante los ojos de la mayora los nuevos discur-sos narrativos que dan cuenta de lo que est pasando, estamos viendo (muchas veces por televi-sin). Cmo reconocer la novedad de esos discursos si los procedimientos que organizan la rea-lidad contempornea le resultan inextricables al ciudadano medio, que sera su destinatarionato? Cmo podra aprender a leer novelas que desmantelan las categoras que hacen de l unsbdito de poderes y valores que ni siquiera sabe reconocer o sealar, mucho menos denunciar?

    Es mucho ms fcil, dada la complejidad de la vida contempornea y el progreso de laindustria cultural abocada al entretenimiento, entregarse a los placeres de la evasin, la fugaimaginaria de una crcel de proporciones indefinibles como la que acota hoy el espacio de losocial mediatizado. La vida ya es bastante dura e insufrible, cargada con obligaciones nuevasque el consumidor no se cansa de cumplir obedientemente, como para complicarse la vida leyen-do novelas que muchas veces resultan ilegibles o perturbadoras y, en todo caso, no le permitenpasar un buen rato, tener una experiencia agradable, congraciarse con la cultura y disfrutar deunos minutos de felicidad en una vida normal que normalmente dista de serlo. Cmo exigirleal lector que padece toda suerte de aberraciones en su vida que acepte consumir una narrativamonstruosa, la nica pertinente a un tiempo desahuciado como ste, que los responsables o cm-plices de dichas aberraciones le instan a rechazar o despreciar sistemticamente?...

    Pues la narrativa ms conveniente a nuestro presente cultural es una narrativa mons-truosa y no una narrativa normalizada, como pretenden todas las instancias de los diversospoderes en ejercicio. El mundo no es normal, la literatura no puede contribuir a normalizar onaturalizar la aberracin que supone en este momento vivir en el mundo, sino que debe contri-

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    buir a su conocimiento y, sobre todo, extremar los procedimientos de esa monstruosidad y abe-rracin a fin de superarlos en algn momento. La ficcin que ms necesitamos como lectores,por tanto, tendra que ser tan radical como la realidad que le ha tocado vivir a esa nueva huma-nidad cuyas vidas, como dice Giorgio Agamben, se parecen cada vez ms a un anuncio publici-tario.

    Por todo ello, necesitamos formular de modo riguroso una nueva economa libidinal deldiscurso narrativo. Una narrativa que sepa construir una versin de la realidad contundente ycreble, una narrativa que afronte las situaciones polticas sin miedo, convencida de ser unaalternativa radical e inteligente (estos adjetivos no van siempre bien juntos, no siempre lo radi-cal es inteligente, ni viceversa) a las simplezas metanarrativas de la izquierda y la derecha. Laficcin que tiene sentido escribir todava existe para poner en cuestin, como solo puede hacer-lo la narrativa literaria, la tica, la moral, la filosofa, las ideas comunes y los estereotipos ide-olgicos de los medios periodsticos y polticos y para poner en trance al lenguaje adquirido.

    ARGUMENTO III

    Qu convencional, en contraposicin, resulta este juicio de Ortega sobre la ambicinintelectual y cognitiva de la novela: "nace muerta toda novela lastrada con intenciones trascen-dentales sean stas polticas, ideolgicas, simblicas o satricas. Porque estas actividades sonde naturaleza tal, que no pueden ejercitarse ficticiamente, sino que slo funcionan referidas alhorizonte efectivo de cada individuo".

    Con este desacertado comentario, propio de un filsofo que teme la invasin de sucampo por las fuerzas enemigas (gran paradoja ver al autor de las Ideas sobre la novela abo-gando sin reparos por una novela sin ideas), Ortega demuestra, en todo caso, por qu nuncaacab de comprender la empresa narrativa de Proust, y tambin por qu cabe suponer que nohabra sabido entender la novela intelectual centroeuropea de entreguerras, con HermannBroch, Robert Musil y Elias Canetti a la cabeza, que se prolonga hasta Milan Kundera o Danilo

    Ki, dos portentosos practicantes del arte de la novela como combate moral, intelectual y est-tico contra los idiologemas idiotas del presente respectivo. Sin mencionar a Joyce o a Kafka,cuyas ficciones narrativas le habran parecido al filsofo madrileo insoportablemente trascen-dentes o aburridas.

    Y lo peor de todo para nuestra pobre y hurfana literatura: cabra concebir la sospechade que toda la generacin de novelistas espaoles de raz orteguiana (Benjamn Jarns, Prezde Ayala, Antonio Espina, etc.) habra seguido al pie de la letra una consigna artstica tannefasta como sa. Esta aplicacin acrtica y literal de los postulados de Ortega sera adems larazn suficiente de las limitaciones narrativas de sus obras y de su escasa repercusin y rpi-do eclipse, y no slo el desastre cultural de la guerra y la posguerra civiles. No es de extraar,por tanto, que el grueso de escritores nutridos en este credo apolneo y supuestamente ldico

    de la novela no consiguiera superar en ningn terreno, ni siquiera en el de la experimentacintcnica o la invencin formal, a maestros capitales de la novela "trascendental" y maximalistacomo Valle-Incln o Unamuno, paradigmas tan influyentes incluso hoy.

    No estoy lejos de pensar, hay signos inequvocos que as lo corroboran, que en la esce-na espaola contempornea seguira planteado este espurio debate. Por simplificar, dir quecoexisten en la actualidad dos lneas narrativas bien visibles cuyo enfrentamiento larvado osubterrneo se dirime sin demasiado eco por ahora en el regulado campo de maniobras del mer-cado editorial. En este sentido, se podra postular, sin incurrir en el despropsito, que en nues-tro pas hay en este momento al menos dos clases de novelistas: los que colaboran con el siste-ma para preservar los lugares comunes y creencias en los que se basa el sistema moral, econ-mico y poltico que llamamos realidad y que se prolonga en el mercado como institucin de con-

    trol casi policial para prevenir cualquier exceso o alteracin del orden vigente, y, por otra parte,los que trabajan para desmantelar ese sistema de tpicos y estereotipos que favorecen su con-tinuidad y dominio en otros mbitos de la vida social. Pero prefiero reservarme la elucidacinparticular de este espinoso asunto. Quede, como suele decirse, para una ocasin futura.

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    pensar que nuestro conocimiento de la reali-dad, incluido el cientfico, se basa en produc-tos de nuestra imaginacin, de nuestra capa-cidad de figurarnos cmo son las cosas; yrecurdese que las figuras estilsticas soningrediente esencial de la creatividad potica.

    Todo esto empez a ser reconocido enel Occidente moderno a partir de las reflexio-nes de los empiristas ingleses y de Kant: todo

    lo que sabemos sobre la realidad est en lamente, o es todo ello un proceso del cerebro,diramos hoy; de modo que todos los objetos denuestra experiencia son construcciones denuestro sistema cognitivo, que valga la para-doja, no puede ni podr jams conocer demanera absoluta cmo son las cosas?en?s: entodo caso podremos conocer slo cmo son ennosotros, pues ninguna ley existe que obliguea la cosa a ser como nosotros la percibimos.Pero a nosotros tal vaco legal s que nos obli-ga desde entonces a cuestionarnos si son ver-

    daderas las cogniciones que tenemos de de lascosas reales. Y por si fuera esto poco, fue elmismo Kant quien propuso algo as como quelas impresiones de los diversos sentidos sonconfiguradas en imgenes de los objetos denuestra percepcin por una suerte de sentidocomn o koin aisthesis que no es otra cosaque nuestra imaginacin.

    Desde que Locke distingui entre cua-lidades primarias y secundarias nos hemosvenido preguntando cunto debe de haber deverdad en las segundas como por ejemplo el

    color (o el sabor o el sonido): sin vista, no pode-mos decir que el color exista, porque esa cua-lidad secundaria no est en la cosas: est ennosotros, en nuestra sensibilidad, y no estara

    ste que aqu comienzo es, como elsubttulo indica, un breve tratado o ensayopotico. Tiene de ensayo lo propio del gnero:se trata de tratar el (a veces intratable) refe-rente real de que se trate, tratando de ilumi-nar, mediante la manipulacin racional deciertas (o inciertas) ideas, lo oscuro del asun-to que, por cierto, con cierta frecuencia no res-

    ponde a lo acertado de nuestro tratamiento.Por contra, la poesa, es juego sistmico designos con el que el poeta crea, si acierta, unaverdad emergente (que no est en los elemen-tos del sistema ni tiene por qu mantenerningn trato con la realidad de referencia: espura creatividad. Y, por lo tanto, imaginacin,pues incluso la lrica, que suele decirse ser aveces confidencial o autobiogrfica, es (y asdesde Platn y Aristteles) ficcin ?mito,diran los maestros griegos, fabula, traduci-ran los latinos. Id est: fabulacin. Fantasa.

    Pero no slo por racional y fantsticocualificamos este texto como producto de unsolapamiento entre lo ensaystico y lo potico,sino porque, al menos desde Ortega, podemossaber, adems de lo que reza la cita de nues-tro encabezamiento, que "una forma de lo reales lo imaginario", porque "a travs de la fic-cin avanza la realidad". Y porque Zubiridefendera, abundando en estas reflexiones,que la experiencia, nuestro nico modo, quesepamos, de acceder a la realidad, se compo-ne en gran medida de ese tipo de irrealidad

    que el filsofo vasco llam figuraciones.Sabemos adems que la experiencia, as comola razn, son dos de los integrantes delMtodo Cientfico, por lo cual deberamos

    LA RAZN FANTSTICAEnsayo potico de una

    teologa natural

    FFranciscoranciscoFFortunyortuny

    La razn es un modo ms, entre muchos, de funcionar la fantasa.Ortega y Gasset

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    en el aparato perceptivo de un ciego (o unmurcilago); pero es que incluso si vemos (opercibimos slo mediante ecolocacin) tampo-co podemos decir que el color en s (o la cuali-dad, sea la que sea, que con su rdar un mur-cilago perciba) sea verdadero, al menos si

    definimos verdad al modo aristotlico: comoadecuacin o correspondencia entre una cosay su imagen mental. Cuando vemos algncolor, nuestra experiencia nos dice que, enefecto, ese tal objeto x es por ejemplo rojo.Pero sabemos gracias a la ciencia que el colordel tal objetono es en sm i s m ocolor rojo,sino que esun complejo

    de ondaselectromag-nticas decierta fre-cuencia y tal longitud de onda propias de laluz por x emitida. Por otra parte, podra pen-sarse con el empirista ingls que las otrascualidades, las primarias, v. gr. la resistenciao impenetrabilidad de su solidez s seran cua-lidades que estn en el objeto. Pero no: nega-do esto ya antes por algn Schopenhauer, queafirm ser todo representacin, la fsica sub-

    atmica o la mecnica cuntica nos confirmaque todo objeto, hasta el ms slido, macizo eimpenetrable est compuesto por tomos queson en su inmensa mayora espacio vaco.

    En consecuencia: todo lo que percibi-mos es ilusin: ficciones que construimos apartir de recepciones de diversos tipos deseales (o bits) energticos que suponemosdeben emitir los objetos de nuestra experien-cia.

    Los cientficos lo saben desde hacemucho. Y es por eso por lo que cabe pregun-

    tarse qu es saber, qu es conocer cientfica-mente las cosas. Desconfiando de la versinimaginativa de nuestros sentidos hacemospreguntas a las cosas mediante el mtodocientfico y las cosas parecen contestarnos:esto no quiere decir sino que sabemos explici-tar cierta informacin objetiva que existeimplcita en las cosas, que luego interpreta-mos convirtindolas en significado o sistemasde significados con sentido coherente que lla-mamos teoras cientficas. Pero: son verdade-ras las teoras cientficas? Despus de todo

    son tambin producto de nuestra imaginacinracional.

    Lo nico que podemos afirmar es que

    las teoras cientficas funcionan: se dice queNewton fue invalidado por Einstein y a vecesse entiende que la teora del primero ya nosirve, aunque la sigan utilizando arquitectos eingenieros para sus edificios y construcciones.

    Y es que el aserto es falso: Newton an funcio-

    na y se usa su teora porque es una excelenteaproximacin a una hipottica teora absolu-tamente verdadera: funciona muy bien convelocidades lentas y poca gravedad. Mientrasque, la Relatividad de Einstein funciona tam-

    bin en esec o n t e x t oreferencial,pero ade-ms escapaz dehacerlo con

    velocidadesprximas alas de la luz

    y en proximidad de objetos siderales superma-sivos, y es, en fin, ms exacta y rica que aqu-lla, porque explica ms cosas. No obstante,tampoco es la verdad absoluta. Cualquier dauna Teora de la Gravedad Cuntica (tal vezuna nueva versin perfeccionada de la Teorade Cuerdas) la supere en grado de riquezainformativa y exactitud. Mientras tanto, fun-cionan.

    Todo esto nos obliga a definir este con-cepto de verdad funcional: nuestras verdadesno pueden ser absolutas, sino slo aproxima-das: verdad aproximada es aquella que funcio-na a su nivel: en niveles de mayor exigenciacognitiva necesitaremos otra verdad, tambinaproximada, que funcione mejor: que se apro-xime ms a la realidad?en?s.

    Y es ahora cuando aparece el granproblema: si nunca la hemos visto, cmo sabe-mos que esa realidad?en?s, absolutamenteverdadera, existe.

    Oscar Villaroya ha propuesto (La diso-lucin de la mente, 2003) una buena solucin:puesto que las verdades cientficas funcionandebe ser postulada una realidad absoluta eindependiente de nuestro conocimiento, con lacual nuestras teoras y visiones del mundoverdaderas coincidiran aproximadamente ose solaparan parcialmente, con relativa exac-titud.

    Parece verosmil: las teoras se auto-corrigen evolutiva, progresivamente de mane-ra asinttica, aproximndonos as cada vez

    ms a una realidad absoluta que nunca cono-ceremos del todo, cierto (porque nos lo impedi-rn nuestras visiones y teoras siempre huma-

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    realidad no le hace falta ser percibida paraser como es. Pero entonces no podramos con-siderarla verdadera y, en tal caso, no nos ser-vira: porque aunque es cierto que tradicional-mente se ha defendido que la verdad slopuede afirmarse de las proposiciones y con-

    ceptos (o sistemas de ambos: teoras) que con-cebimos y decimos respecto de las cosas rea-les, y nunca respecto de las cosas reales en smismas, recurdese que esa realidad?en?sabsolutamente verdadera de que hablamos noes sino un postulado hipottico de nuestrarazn fantstica, necesario para explicarnoscmo puede ser (aproximadamente) verdade-ro nuestro conocimiento cientfico. Y, hastadonde sabemos, slo la experiencia nos permi-te saber de la verdad de las cosas reales, queslo podemos considerar reales en tanto sabe-

    mos que son verdaderas. Y como nosotros,dado lo corto de nuestra experiencia, no pode-mos conocer la absoluta realidad, dada nues-tra incapacidad para percibir verdades abso-lutas, debemos postular la existencia de unser cuya experiencia (creativa, fabulosa, fan-tstica) sea capaz de conocerlas absoluta-mente.

    Si consideramos verdades todas laspercepciones que nos han ayudado a sobrevi-vir, debemos concluir que las ciencias son ver-daderas: muchos sobrevivimos gracias a la

    ciencia mdica. Por consiguiente, la realidadabsolutamente verdadera existe. Y para serabsolutamente verdadera necesita de unconocedor absoluto de la misma.

    Ergo Dios existe.

    namente parciales y aproximadas), pero quecada vez conoceremos ms y mejor, segnnuestras visiones y teoras, al ser mejoradas,se solapen con esa fugitiva realidad absolutade forma ms exacta.

    Sin embargo, esto mismo vale para la

    verdad de las cualidades seundarias deLocke: el color funciona: si alguien junto alNilo ve el color verde de un cocodrilo y echa acorrer y se refugia a tiempo del peligro inmi-nente, sobrevivir con ms probabilidad queaquel que no lo distinga, y el que distinga elrojo de un semforo tendr ms probabilida-des de sobrevivir a un posible accidente queaquel que lo confunda con el verde. Luego lassensaciones, creaciones de nuestra imagina-cin que no estn realmente en los objetos,funcionan: nos trasmiten alguna informacin

    que hay en las cosas y que, una vez hecha sig-nificado para nosotros, nos concede ms pro-babilidades de sobrevivir.

    Si la verdad no est en el cocodrilo oel semforo, sino que se produce en nuestrosistema cognitivo en interaccin con ellos,podemos decir que la verdad es un propiedadsecundaria (Locke) que emerge (igual que elcolor) creativamente cuando un sistema cog-nitivo interacciona con un objeto: otro sistemaque, en tanto que ?ms o menos? organizado,posee informacin objetiva, susceptible de

    producir significacin en el sujeto que perci-be.Por otra parte esa realidad absoluta,

    independiente de nuestras imaginarias per-cepciones, tendra que ser tambin absoluta-mente verdadera, porque de no serlo no seexplicara cmo una realidad no verdaderapuede servir para justificar el grado de ver-dad de nuestras imaginaciones cognitivas,cientficas o no.

    Teniendo en cuenta que verdad esconcepto psquico y realidad, fsico, para que

    esa realidad sea verdadera se necesita de unSupersistema Cognitivo tan potente que supercepcin y conocimiento de la realidad seatan infinitamente pormenorizada y exactaque la diferencia entre su conocimiento de larealidad y la misma realidad?en?s sea, no yamatemticamente despreciable, sino, en puri-dad, inexistente: uno y otra deberan ser lomismo: sistema cognitivo de un ser omnis-ciente que al conocer de forma infinitamenteexacta su verdad se la autoconcibe como rea-lidad absoluta.

    Tradicionalmente a ese tipo de enti-dad la hemos llamado Dios, claro que esteDios no se parecera al de las religiones sinoms bien al de algunos filsofos.

    Podra objetarse, empero, que a esa

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    Es palabra potica de la razn fantstica.Para los que creemos firmemente en

    el valor de la comunicacin y divulgacin dela ciencia, una de nuestras mayores preocu-paciones radica siempre en presentarla comouna actividad creadora que se fundamenta enuna actitud, el mundo que nos rodea es inte-ligible y un mtodo que lleva dando frutosdesde hace cientos de aos: no hay ningunaverdad totalmente establecida. Nunca seinsistir lo suficiente en ello. Una combinacin magnfica que ha hecho a la ciencia crtica porencima de tendencias y revoluciones ideolgicas, artsticas y sociales. La conquista de cuotasde inteligibilidad del mundo que nos rodea ha trado importantes y, hasta hace poco, increblesavances, cuya tica y efectividad no vamos a discutir ahora, pero que estn presentes en ejem-plos concretos en la medicina o en las telecomunicaciones actuales.

    Me gustara incidir en el aspecto de cmo se enfrenta un cientfico ante el mundo o laparcela de mundo objeto de su atencin. En suma, cmo de compleja es la actitud del mismoque se ha comentado al principio.

    Como ha escrito el biofsico Jorge Wagensberg en su ltimo libro, cuando una personase instala frente al mundo que le rodea puede adoptar dos opciones. La primera: el mundo esun mundo de preguntas y la tarea, nuestra labor, es buscar las respuestas. La segunda: elmundo es un mundo de respuestas y a nosotros, como sujetos conscientes ante l, nos toca des-cubrir de qu preguntas. Situaciones ambas aceptables, pero muy diferentes. Disyuntiva apli-cable a la mayora de las profesiones y tareas, porque todas ellas se enfrentan en mayor omenor grado a la incertidumbre del mundo. Nadie se sita al cien por cien en una sola de lasdos actitudes. Pero el cientfico, frente a su trabajo, tiene ms clara la disyuntiva. Quizs nosea fcil de ver, pero la ciencia ha progresado fundamentalmente gracias a la segunda actitud,a la actitud que le sita formulando preguntas ante su preocupacin sobre el cmo de las cosasfrente a la actitud de bsqueda de respuestas, que no es sino una actitud que le coloca frenteal porqu o el para qu de las cosas. Como nos dice Wagensberg, la historia de la ciencia es lahistoria de las buenas preguntas.

    No hay mejor elogio de la actitud de preguntar, de interrogar, que una frase clave deOrtega y Gasset, del que se cumplen este otoo cincuenta aos de su muerte. En su ensayo Entorno a Galileo, Ortega nos dice que "el hombre es una entidad extrasima que para ser loque es, necesita averiguarlo". As, el ser del hombre es una pregunta que se interroga sobre supropio ser y, como consecuencia inmediata, se pregunta por la naturaleza, por los dems hom-bres, por Dios Alo largo de la historia ha sido as. Y, ya en nuestros das, ese hombre ha podi-do escribir, a fuerza de preguntas, una historia grande y hermosa: que somos hijos de las estre-llas y resultado de un largo y sinuoso camino que transform la materia en consciencia quehoy se interroga, ms que nunca, sobre su pasado, su tiempo presente y su futuro. No es arro-gancia del ser ms evolucionado de nuestro planeta. Es potencial adquirido que es capaz degenerar todava eternos interrogantes cargados de misterio y belleza en los que materia ymente se anan y confunden. Son interrogantes y preguntas surgidas del asombro, del sobre-cogimiento y la humildad ante la fantstica complejidad del mundo que le rodea. Ante unmundo que, adems, nos recuerda peridicamente de forma trgica que somos vulnerables yfrgiles.

    Heidegger dijo que la pregunta es la oracin de la inteligencia. Los cientficos creemos

    ELOGIODE LA

    PREGUNTA

    AA ntoniontonio HHerediaeredia BB ayonaayona

    Catedrtico de Bioqumica y BiologaMolecular de la Universidad de Mlaga

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    de un modo vocacional en esa afirmacin. Frente a la rutina de la respuesta est la rebelda dela pregunta. Los cientficos de tropa lo tenemos fcil: nos basta la lectura atenta y detenida delos artculos y trabajos de excelencia en revistas o libros especializados para encontrar buenosinterrogantes para nuestro trabajo diario. Algunos, la mayora, se desvanecen rpidamentepero alguno queda y prende de un modo sutil y conduce, como si de un ritual se tratara, a nue-vas invocaciones que no son sino nuevas preguntas. Los grandes descubrimientos, las grandes

    teoras que aparecen en la historia de la ciencia no son sino pausas o treguas entre cientos ycientos de preg